domingo 27 de junio de 2010

Tromsø




Después de una jornada intensiva de carretera, el día de hoy ha resultado mucho más ligero, a pesar de que nos han llevado casi cuatro horas los 165 kilómetros que nos separaban de Tromsø.
No he mencionado hasta ahora nuestras experiencias con las emisoras de radio a través de Europa; si consigo recordarlo cuando vuelva, le dedicaré una entrada especial, porque hemos vivido momentos curiosos y ciertamente surrealistas. Desde que estamos en Noruega, la mayor parte del tiempo nos acompaña Radio Norge, que debe a ser algo así como la M80 vikinga, a juzgar por el nivel de novedad de los temas que suelen poner. Aún así la seguimos escuchando, porque siempre está bien poder cantar o, al menos, tararear las canciones que suenan cuando pasas tantas horas en el coche, y gracias a ello sigo idolatrando a Freddy Mercury, he recordado cuánto me solía gustar Elton John y todavía disfruto sus canciones, además de envidiar profundamente su colección de gafas, y estoy cogiendo algo más de cariño al Boss, a quien siempre había encontrado un poco pureta de más (se ve que los años nos van pasando factura a todos...). La única pega es que están con la semana de Michael Jackson, y nunca he podido con él...


Menos lluvia por el camino y unos paisajes espectaculares, con cumbres nevadas encima del mar, ríos y un verdor impresionante nos han animado parar unas cuantas veces, normalmente en apartaderos estratégicamente situados para disfrutar de las vistas, pero también en el mismo medio de la carretera, aprovechando la escasez de tráfico en algunas zonas. Me disloca totalmente el color que tiene el agua aquí; después de haberlo visto en vivo, no encuentro una foto lo suficientemente buena, algunos sabrán de lo que hablo.
















Por fin llegamos a Tromso, con tiempo de echar un vistazo al alojamiento, un B&B que había localizado Touille, no demasiado barato pero bastante céntrico, increíblemente acogedor y con unas vistas estupendas (y wifi gratis, para ponernos al día cómodamente de todo lo que había que revisar).



Habitación con vistas, para mi querido Nacho ;-P


Revisado el mapa y los puntos de interés de la ciudad, decidimos empezar por algo que llaman Polaria, un pequeño museo interactivo en el que, entre otras cosas, se proyecta un documental sobre Svalvard en formato panorámico que dan ganas de salir a comprar un billete para ir mañana mismo. Más tarde, si eres capaz de pararte a pensar en el frío horrible que debe hacer por allá arriba, encuentras el documental un sucedáneo fantástico, que en sus cinco pantallas te hace sentir como si volaras con las alcas por entre las rocas nevadas y te revolcaras en la nieve, jugando con los oseznos polares. También tienen algunos bichos, peces en su mayoría, y una sala en la que se explica la acuicultura del bacalao (toma autopromoción nacional!), así que me encontré bastante en ambiente y aprendí alguna que otra cosa interesante. Lo más entrañable, sin duda, las dos focas barbudas que nadaban sin parar alrededor de la piscina en la que viven, grande y con un frescor considerable, pero que no deja de ser artificial, con hielo de cartón piedra y sin peces en el agua. Este tipo de cosas me suelen generar un dilema importante: por un lado, me da muchísima pena pensar en los animales viviendo fuera de su lugar natural y oigo la voz de Sara diciendo "seguro que están tristes", pero por otra, me quedo pasmada mirando como pasan una y otra vez por delante de las cámaras de hordas de jubilados alemanes de crucero, que las fríen con sus flashes. Entonces vuelvo a pensar que "seguro que están tristes" y serían más felices en el mar, aunque yo no pudiera verlas.


Todavía llegamos a tiempo de entrar en la Catedral del Ártico, que como tantas iglesias en latitudes semejantes, resulta más interesante desde fuera. No nos ha dado demasiado juego aún, porque con lo que llovía era imposible ponerse a hacer fotos a la intemperie, esperemos mañana tener una pequeña tregua antes de marchar...






Pese a todo, desafiando a los elementos y con más ganas que posibilidades, tomamos el teleférico.



Aun con el frío, la lluvia y la visibilidad limitada, realmente merece la pena, y no podíamos dejarlo todo para mañana, si pretendemos pasar la noche en Lofoten....


Raindrops en mi lente :-(





Pano de cinco tomas (pinchar sobre la imagen para agrandar)



2 comentarios:

Gooth dijo...

María, tengo que decírtelo: eres más ricas que las pesetas xddddd

Muchas gracias por la dedicatoria.

Gracias a este blog y a vosotros estoy reviviendo mi viaje a ese hermoso país hace ya 5 años.

En las Lofoten yo estuve en una casa encantadora en Reine, con unas vistas fantásticas al lago (realmente parte del fiordo) y a las montañas.

Disfrutad por allí, y dad recuerdos al 7eleven que hay (o al menos había) en una de sus pequeñas plazas. Fue mi lugar de sustento mientras estuve allí.

Besos!!!

Masha dijo...

Juas!! XDDD

Ya estamos en Lofoten, recién aterrizados en Andenes, a ver si mañana salimos a ver ballenas, pero todo será debidamente explicado en su momento ;-P


Besitos!!