miércoles, 30 de junio de 2010

Visit Lofoten

Tras pasar la noche en el coche, lo que se traduce en un descanso bastante precario, hemos decidido tomarnos el día con calma y disfrutar los ciento y pico kilómetros de recorrido hasta llegar a Å, la ciudad más meridional de las islas. Mañana tomaremos el ferry de las seis de la mañana y, de este modo, los planes no deberían verse demasiado alterados.

Lofoten es como un catálogo de vacaciones tipo "Enjoy Escandinavia", con escarpadas montañas en las que se alterna el verde con la roca viva, playas con aguas turquesa que invitan a zambullirse, de no ser por el frescor polar que domina el entorno, y decenas de rubios ciclistas recorriendo las carreteras, con sus mochilas al hombro, alforjas y hasta remolques porta-bebé, un invento que solamente he visto por aquí.











 La marmita del troll :-D






Esta va con dedicatoria a mi maestro de panos,
porque me he acordado de él mientras la hacía ;-)
(5 tomas, click para ver más grande)



A medida que avanzamos hacia el sur se va viendo más movimiento y ya cerca del final encontramos, por fin, algún puerto donde parece haber actividad pesquera. Nos lo dicen sobre todo el olor y también las cabezas de bacalao colgadas a secar en interminables pérgolas de madera, algo que no habíamos visto hasta ahora.







Reine
(9 tomas, click para ver en grande)

Paramos en Reine, que bulle de actividad, lleno de turistas y paseantes, y ofrece unas estampas increíbles prácticamente desde cualquier ángulo desde el que se mire, y enseguida llegamos a Moskenes, desde donde saldremos mañana. Hay un camping pero no tienen cabañas, y hoy necesitamos cama en condiciones y calor, así que continuamos un poco más, con la esperanza de encontrar un techo con calefacción y ducha donde poder alojarnos esta noche. La zona está llena de rorbu, casas de pescadores habilitadas como alojamiento turístico, pero sólo tienen un cartel con un número de teléfono y casi todas otro que pone optatt, que viene a significar "ocupada", y los hoteles que encontramos están completos, así que llegamos a Å, donde termina la carretera. Allí, con enormes letras sobre la fachada de una casa roja, como casi todas, se anunciaba la recepción de una empresa de alquiler de cabañas, así que nos lanzamos a comprobar si todavía estaba abierta. Al entrar, un chaval de alrededor de 20 años, completamente vestido de negro, el pelo teñido de oscuro, un par de piercings en el labio superior y un tatuaje asomando por debajo de la manga de la camiseta, nos atendió con tanto entusiasmo que nos apeteció un montón alquilar la cabaña que nos ofrecía, que por cierto, era la última disponible. Charlamos un rato con él e incluso nos ofreció la contraseña de su wifi para poder conectarnos a internet, aunque no fue necesario porque había un par de ellas abiertas flotando en el ambiente.
Una vez instalados, salimos a dar un paseo por el pueblo, que a partir de ahora formará parte de mi lista de rincones del mundo absolutamente deliciosos, con un ambiente desenfadado y muchísimo encanto. Si algún día puedo dedicarme sólo a escribir, pasaré en Å el mes de julio (porque el invierno tiene que ser insoportable aquí), en una de esas rorbu, viendo el sol durante las veinticuatro horas del día.














Después un rato sentados en el muelle tomando unas cervezas, nos retiramos para cenar y descansar, porque mañana va a ser duro el madrugón.


martes, 29 de junio de 2010

Whale experience

Antes de nada he de corregir un pequeño error que cometí ayer: no estamos en Lofoten, sino en Vesterålen, otro grupillo de islas justo a continuación, hacia el norte. La verdad es que no había reparado en ello antes, para mí todas formaban un único archipiélago, pero es lo que tiene viajar, que además de ver mundo, aprendes cosas.



Así estaba ayer la playa, sobre la una y media de la madrugada,
cuando me retiraba a dormir.
Pano de 8 tomas, click para ver más grande.

El día ha amanecido, o lo que sea que haga cuando no oscurece durante las veinticuatro horas, templado y soleado, y hemos podido disfrutar de un desayuno al aire libre en este estupendo camping a pie de playa.



Con la intención de apuntarnos al turno de las once, nos acercamos a la taquilla de Whalesafari, con la desagradable sorpresa de que los dos turnos siguientes estaban completos y sólo quedaban vacantes en el de las tres de la tarde. Esto nos desmontaba todos los planes del día, así que, tras un intenso debate, reorganizamos el plan porque, al fin y al cabo, pocas oportunidades más tendremos de salir a ver ballenas. Aprovechamos el tiempo muerto para ir al supermercado a por algunos suministros de primera necesidad, como pan y galletas, y comimos en la playa. Más tarde, perfectamente pertrechados para nuestro safari marino, recibimos la noticia de que la previsión meteorológica anunciaba vientos y estaban considerando la posibilidad de suspender la salida. Mientras tomaban una decisión al respecto, nos metieron en un almacén del puerto reconvertido a sala de proyecciones bastante curiosa, para proyectar un pase de fotografías de más de veinte minutos sobre la fauna local que, por supuesto, incluía a las ballenas en cuestión y que nos hizo dudar de nuevo sobre si debíamos o no pagar el considerable precio del billete. Finalmente anunciaron que sí habría salida y, tras veinte tediosos minutos de cola para comprar la entrada, nos pasaron a una sala donde los guías ofrecían pastillas para el mareo. A pesar de su negativa inicial, Touille decidió aceptar la oferta, teniendo en cuenta lo ocurrido hace solamente unos días, cuando salimos a ver aves en Magerøya.
Una jovencilla belga menuda y muy expresiva, encargada del grupo en inglés, nos explicó con todo lujo de detalles la fisiología, biología, comportamiento y curiosidades varias sobre los cachalotes y dio algunas referencias sobre otras especies que, esporádicamente, es posible avistar por la zona. Para ello utilizaba una ballena de peluche, que estrujaba y agitaba en el aire, y una serie de paneles y fotografías de lo que ellos llaman su museo (estoy empezando a pensar que aquí llaman museo a cualquier cosa...). Al concluir, casi con un doctorado sobre cetáceos, nos dirigimos al muelle para embarcar.



Durante la hora de navegación que nos separaba de la zona de avistamiento, a diez millas de la costa, nos ofrecieron bebidas calientes y galletas, imprescindibles para combatir el frío. La búsqueda llevó un buen rato y tuvimos que salir hasta quince millas para poder encontrar la primera. A través de los micrófonos submarinos con los que está equipado el barco, el patrón y los investigadores a bordo localizan a la ballena, guiándose por el sonido que emite para llegar hasta la zona donde se encuentra. Al cabo de un rato se deja ver en la superficie, para deleite de los espectadores, que la observan guardando un respetuoso silencio, como si cualquier tipo de ruido la pudiese espantar. Resulta sorprendente cuánto puede llegar a acercarse la embarcación mientras el animal flota plácidamente, lanzando chorros al aire una y otra vez, y muestra parte de su lomo, que por momentos se pierde entre el oleaje, hasta que lo arquea, preparando una nueva inmersión. Llega entonces el momento culminante en que la cola emerge acompañada por una ovación de la audiencia, para perderse definitivamente de nuevo en el mar. Casi una hora más tarde localizamos otro ejemplar, esta vez con un impresionante fondo de luz dorada filtrada entre las nubes sobre el horizonte, que provocó el entusiasmo de nuestra guía belga.






Pese a la brevedad del momento, apenas cinco minutos cada avistamiento, aunque permanecimos a bordo más de cinco horas, y al mareo de Touille que, con pastilla y todo, ya tiene claro que no podrá dedicarse a la pesca como actividad profesional, estoy segura de que habrá merecido la pena cuando hayamos conseguido quitarnos el frío del cuerpo.

Pasadas las once de la noche, con la replanificación hecha pedazos de nuevo por la demora y la duración de la excursión, cogimos carretera para poder al menos avanzar un poco y poder llegar a Bodo mañana a última hora, como estaba previsto.




Uno de los problemas de la falta de oscuridad nocturna cuando no estás adaptado a ello es que no eres consciente de que el resto del mundo lleva un ritmo y horario como si la hubiese, y aunque a la una de la mañana parezcan las tres de la tarde, las calles se encuentran desiertas y las recepciones de los campings y demás alojamientos cerradas. Ante este panorama y dado que aún no hemos logrado recuperar una temperatura corporal adecuada, la idea de plantar la tienda no resulta en absoluto apetecible, así que me temo que hoy dormiremos en el coche. Yo, al ser pequeña, no tengo mucho problema, pero a ver cómo gestionamos el metro noventa de Touille....


lunes, 28 de junio de 2010

Aventuras de un pequeño guisante bajo tierra

Dormir bajo un techo consistente, como esta noche, tiene la ventaja de que uno no se entera de lo que pasa en el mundo exterior, así que no tengo ni idea de cuánta agua ha podido caer durante la noche. Por la mañana, a pesar del cielo encapotado y las nubes enganchadas en los montes circundantes, la lluvia respetó nuestro paseo y pudimos disfrutar un poco de la ciudad, antes de marcharnos.

Aprovechamos para visitar el Museo Polar, que nos había quedado pendiente, y ha sido, hasta el momento, la gran decepción de todo lo que hemos visto. 



Aunque nos dieron un folleto en español bastante completo, resultaba algo incómodo ir leyendo una novela a medida que avanzábamos por las salas, en las que todos los paneles explicativos, salvo minúsculas notas y pies de foto, estaban en noruego. Mención aparte merecen los contenidos, ciertamente tétricos, la mayoría dedicados a la caza de zorros, focas y osos en el Ártico, relatado con todo lujo de detalles. Es verdad que como curiosidad histórica y por todo lo que conllevaba una invernada en siglos pasados, cuando no existían el goretex ni los forros polares, puede tener su punto interesante, pero las imágenes de las sanguinarias cacerías contemporáneas de focas acaban viniéndote a la cabeza irremediablemente y da un mal rollo total. Por otra parte, la puesta en escena es tremenda, llena de maniquíes siniestros en actitudes poco amistosas, animales disecados, instrumentos de tortura -también llamados "trampas para cazar"- y pellejos colgados por las paredes y el techo, algunos incluso con su cabeza original

Éste era de los que menos miedo daban...



Consejos ante el potencial ataque de un oso polar (sic!)
-click para agrandar, leedlo, no tiene desperdicio!!-


Las salas dedicadas a Amundsen y a Nansen podían haber sido bastante interesantes, si supiésemos noruego o hubiesen tenido el detalle de poner los panelitos en inglés.




Al salir, para quitar el mal cuerpo, callejeamos un poco e hicimos unas cuantas fotos, antes de volver al coche para seguir camino.

Biblioteca


Polaria


Catedral del Ártico



Nunca antes había pasado por tantos túneles en tan poco tiempo, pero lo que hemos encontrado hoy no lo han visto antes mis ojos ni creo que lo vuelvan a ver, a menos que regrese a Tromso algún día. Para salir de la ciudad, Antonio nos metió en un túnel, algo nada extraordinario aunque sí arriesgado, teniendo en cuenta que al bueno de nuestro amigo se le va la pinza y, si hay bifurcaciones, como en los túneles de Madrid, está uno perdido. Cuando dijo "en la rotonda, gire a la izquierda, tercera salida" lo achacamos a uno de esos episodios errático-subterráneos, pero la rotonda apareció allí de repente ante nosotros, dentro mismo del túnel por el que estábamos pasando, con sus cuatro o cinco salidas perfectamente colocadas. Hasta tres rotondas llegamos a contar, en una de las cuales tuvimos que dar la vuelta, porque Antonio se encontraba catatónico y ya no nos supo sacar. Siempre hay que llevar un mapa a mano.


La ruta de hoy incluía un par de ferrys. Al primero llegamos con más de hora y media de antelación, en un lugar absolutamente inhóspito, donde otros dos coches esperaban ya haciendo cola. Como no habíamos previsto los horarios del barco en cuestión, aprovechamos para comer y repasar algunas cosas pendientes.



 Mi pequeño coche, viajando en barco :-D





El recorrido a continuación se señala en las guías locales como dentadura del diablo, absolutamente obvio en cuanto te encuentras allí. 



Entorno aparte, una carretera infernal, llena de curvas y con algún que otro tramo sin baches, por la que apenas caben dos coches cuando, muy de vez en cuando, se cruzan. De tanto en tanto, había un pequeño apartadero con una señal azul y una enorme "M" blanca, que intuimos que podrán servir para aliviar las estrecheces, aunque quizá Franz Minaret pueda ilustrarnos al respecto ;-).
La vista, todo hay que decirlo, es espectacular, aunque con la prisa por no perder el último ferry del día y quedarnos a medias con la etapa, no las pudimos disfrutar debidamente.
En una vía de semejantes características, los túneles resultan indescriptiblemente lamentables. Si el firme del recorrido exterior lleva años sin ser renovado, el que se encuentra bajo techo ha de ser el original de obra, probablemente en los años setenta, a juzgar por el estado en el que se encuentra. Además de la estrechez, las paredes de roca viva dan la impresión de estar entrando en la guarida de un oso y no en una carretera de un país como Noruega. Incómodo, pero curioso y, sin duda, interesante.

Llegamos al ferry con cinco minutos de margen, suficiente para embarcar y relajarnos durante la travesía de algo más de hora y media.
Por fin estamos en Lofoten, en Andenes, con la tienda plantada en un camping pegado a la playa, una agradable temperatura para pasear (rondará los 8-10 grados) y, por fin, una pequeña colada resuelta.







Nos vamos a descansar.


domingo, 27 de junio de 2010

Tromsø




Después de una jornada intensiva de carretera, el día de hoy ha resultado mucho más ligero, a pesar de que nos han llevado casi cuatro horas los 165 kilómetros que nos separaban de Tromsø.
No he mencionado hasta ahora nuestras experiencias con las emisoras de radio a través de Europa; si consigo recordarlo cuando vuelva, le dedicaré una entrada especial, porque hemos vivido momentos curiosos y ciertamente surrealistas. Desde que estamos en Noruega, la mayor parte del tiempo nos acompaña Radio Norge, que debe a ser algo así como la M80 vikinga, a juzgar por el nivel de novedad de los temas que suelen poner. Aún así la seguimos escuchando, porque siempre está bien poder cantar o, al menos, tararear las canciones que suenan cuando pasas tantas horas en el coche, y gracias a ello sigo idolatrando a Freddy Mercury, he recordado cuánto me solía gustar Elton John y todavía disfruto sus canciones, además de envidiar profundamente su colección de gafas, y estoy cogiendo algo más de cariño al Boss, a quien siempre había encontrado un poco pureta de más (se ve que los años nos van pasando factura a todos...). La única pega es que están con la semana de Michael Jackson, y nunca he podido con él...


Menos lluvia por el camino y unos paisajes espectaculares, con cumbres nevadas encima del mar, ríos y un verdor impresionante nos han animado parar unas cuantas veces, normalmente en apartaderos estratégicamente situados para disfrutar de las vistas, pero también en el mismo medio de la carretera, aprovechando la escasez de tráfico en algunas zonas. Me disloca totalmente el color que tiene el agua aquí; después de haberlo visto en vivo, no encuentro una foto lo suficientemente buena, algunos sabrán de lo que hablo.
















Por fin llegamos a Tromso, con tiempo de echar un vistazo al alojamiento, un B&B que había localizado Touille, no demasiado barato pero bastante céntrico, increíblemente acogedor y con unas vistas estupendas (y wifi gratis, para ponernos al día cómodamente de todo lo que había que revisar).



Habitación con vistas, para mi querido Nacho ;-P


Revisado el mapa y los puntos de interés de la ciudad, decidimos empezar por algo que llaman Polaria, un pequeño museo interactivo en el que, entre otras cosas, se proyecta un documental sobre Svalvard en formato panorámico que dan ganas de salir a comprar un billete para ir mañana mismo. Más tarde, si eres capaz de pararte a pensar en el frío horrible que debe hacer por allá arriba, encuentras el documental un sucedáneo fantástico, que en sus cinco pantallas te hace sentir como si volaras con las alcas por entre las rocas nevadas y te revolcaras en la nieve, jugando con los oseznos polares. También tienen algunos bichos, peces en su mayoría, y una sala en la que se explica la acuicultura del bacalao (toma autopromoción nacional!), así que me encontré bastante en ambiente y aprendí alguna que otra cosa interesante. Lo más entrañable, sin duda, las dos focas barbudas que nadaban sin parar alrededor de la piscina en la que viven, grande y con un frescor considerable, pero que no deja de ser artificial, con hielo de cartón piedra y sin peces en el agua. Este tipo de cosas me suelen generar un dilema importante: por un lado, me da muchísima pena pensar en los animales viviendo fuera de su lugar natural y oigo la voz de Sara diciendo "seguro que están tristes", pero por otra, me quedo pasmada mirando como pasan una y otra vez por delante de las cámaras de hordas de jubilados alemanes de crucero, que las fríen con sus flashes. Entonces vuelvo a pensar que "seguro que están tristes" y serían más felices en el mar, aunque yo no pudiera verlas.


Todavía llegamos a tiempo de entrar en la Catedral del Ártico, que como tantas iglesias en latitudes semejantes, resulta más interesante desde fuera. No nos ha dado demasiado juego aún, porque con lo que llovía era imposible ponerse a hacer fotos a la intemperie, esperemos mañana tener una pequeña tregua antes de marchar...






Pese a todo, desafiando a los elementos y con más ganas que posibilidades, tomamos el teleférico.



Aun con el frío, la lluvia y la visibilidad limitada, realmente merece la pena, y no podíamos dejarlo todo para mañana, si pretendemos pasar la noche en Lofoten....


Raindrops en mi lente :-(





Pano de cinco tomas (pinchar sobre la imagen para agrandar)



sábado, 26 de junio de 2010

Camino del sur

A pesar de que el día de ayer ya resultaba un poco excesivo en un lugar tan pequeño cuando todavía nos quedan tantas cosas por ver, al salir de la isla da cierta pena pensar en dejar Mageroya para, muy probablemente, no volver nunca más.




Los tres a cinco grados de temperatura de un par de días atrás se han convertido en unos veraniegos veinte a los que nuestro cuerpo no está habituado pero que se agradecen cantidad. Estar de vacaciones en un lugar lejano y maravilloso y, además, tener la sensación de que es verano, es lo más.
Salimos rumbo a Tromso en lo que sabíamos que iba a ser una larga jornada de carretera: Antonio anunciaba 9 horas de viaje para recorrer los 500 kilómetros que nos separaban de allí. En casos como este, una tiene la tentación de pensar que los mapas no están actualizados o que el dichoso aparatito está haciendo algún tipo de cálculo extraño, y es sólo dos o tres horas después cuando se empieza a tener conciencia de que un kilómetro es mucho más largo que en cualquier otra parte del mundo que haya recorrido antes.








Después de unas horas de sol, y en un intervalo de apenas 20 o 30 minutos, el cielo se nos caía encima y la temperatura bajó a menos de la mitad, de modo que hasta las paradas para estirar las piernas, tomar el aire y desear tener un cigarro que llevarme a la boca se hacían complicadas.




La lluvia dificulta, además, la logística del descanso, porque lo que en otras circunstancias sería tan sencillo como arrimar el coche en cualquier prado y plantar la tienda, con este nivel de jarreo nos obliga a buscar una cabaña con el suelo seco para poder descansar. Como contrapartida, electricidad para cargar aparatos y una estufa para quitar la humedad de los huesos. Pese a todo, el camping es el más cutre de todos en los que hemos parado hasta ahora, aunque no el más barato, y la conexión a internet es de pago (no me voy a molestar ni en averiguar el precio, ahora que he comprobado que los centros de los pueblos están llenos de vecinos solidarios que nos ceden un poquito de wifi para estar comunicados con el mundo).


A estas alturas, y tras casi una semana en el país, tengo la sensación de que Noruega está sobrevalorado, en general. De momento aún estamos por encima del Círculo Polar, dicen que más al sur es totalmente diistinto....