Tras pasar la noche en el coche, lo que se traduce en un descanso bastante precario, hemos decidido tomarnos el día con calma y disfrutar los ciento y pico kilómetros de recorrido hasta llegar a Å, la ciudad más meridional de las islas. Mañana tomaremos el ferry de las seis de la mañana y, de este modo, los planes no deberían verse demasiado alterados.
Lofoten es como un catálogo de vacaciones tipo "Enjoy Escandinavia", con escarpadas montañas en las que se alterna el verde con la roca viva, playas con aguas turquesa que invitan a zambullirse, de no ser por el frescor polar que domina el entorno, y decenas de rubios ciclistas recorriendo las carreteras, con sus mochilas al hombro, alforjas y hasta remolques porta-bebé, un invento que solamente he visto por aquí.
La marmita del troll :-D
Esta va con dedicatoria a mi maestro de panos,
porque me he acordado de él mientras la hacía ;-)
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A medida que avanzamos hacia el sur se va viendo más movimiento y ya cerca del final encontramos, por fin, algún puerto donde parece haber actividad pesquera. Nos lo dicen sobre todo el olor y también las cabezas de bacalao colgadas a secar en interminables pérgolas de madera, algo que no habíamos visto hasta ahora.
Reine
(9 tomas, click para ver en grande)
Paramos en Reine, que bulle de actividad, lleno de turistas y paseantes, y ofrece unas estampas increíbles prácticamente desde cualquier ángulo desde el que se mire, y enseguida llegamos a Moskenes, desde donde saldremos mañana. Hay un camping pero no tienen cabañas, y hoy necesitamos cama en condiciones y calor, así que continuamos un poco más, con la esperanza de encontrar un techo con calefacción y ducha donde poder alojarnos esta noche. La zona está llena de rorbu, casas de pescadores habilitadas como alojamiento turístico, pero sólo tienen un cartel con un número de teléfono y casi todas otro que pone optatt, que viene a significar "ocupada", y los hoteles que encontramos están completos, así que llegamos a Å, donde termina la carretera. Allí, con enormes letras sobre la fachada de una casa roja, como casi todas, se anunciaba la recepción de una empresa de alquiler de cabañas, así que nos lanzamos a comprobar si todavía estaba abierta. Al entrar, un chaval de alrededor de 20 años, completamente vestido de negro, el pelo teñido de oscuro, un par de piercings en el labio superior y un tatuaje asomando por debajo de la manga de la camiseta, nos atendió con tanto entusiasmo que nos apeteció un montón alquilar la cabaña que nos ofrecía, que por cierto, era la última disponible. Charlamos un rato con él e incluso nos ofreció la contraseña de su wifi para poder conectarnos a internet, aunque no fue necesario porque había un par de ellas abiertas flotando en el ambiente.
Una vez instalados, salimos a dar un paseo por el pueblo, que a partir de ahora formará parte de mi lista de rincones del mundo absolutamente deliciosos, con un ambiente desenfadado y muchísimo encanto. Si algún día puedo dedicarme sólo a escribir, pasaré en Å el mes de julio (porque el invierno tiene que ser insoportable aquí), en una de esas rorbu, viendo el sol durante las veinticuatro horas del día.
Después un rato sentados en el muelle tomando unas cervezas, nos retiramos para cenar y descansar, porque mañana va a ser duro el madrugón.






















































