lunes, 14 de junio de 2010

Orléans jazz

Cada vez estoy más convencida de que he debido ser camionera en una vida anterior. A la gente que conozco aficionada al volante le suelen gustar los deportivos o los coches de lujo y a mí me ponen los camiones. Suecos además, a ser posible Scania o, en su defecto, un Volvo podría valer.
Difícilmente imaginaba que durante estos días cruzando Europa por carretera veríamos más camiones que en toda nuestra vida, de todos los tamaños -aunque más bien tirando a enormes-, marcas y colores variados, transportando lo mismo caballos que remolachas azucareras o largos pilares para construcción. Es más que probable que nunca llegue a cumplir el deseo de conducir una de esas máquinas, con su carrocería brillante, cromados impecables, un par de bocinas a cada lado de la cabina y una fila de luces redondas en el frontal, pero espero poder sentarme alguna vez ante su imponente volante para al menos imaginar la sensación de contemplar la carretera desde esa altura y con semejante poderío.

Ya de vuelta en el coche, que es lo que nos ocupa, he de decir que conducir a más de 120 kilómetros por hora sin estar cometiendo una infracción produce una especie de placer culpable en quien ha estado sometido toda la vida a esta restricción. Al menos eso es lo que he experimentado al circular por las autopistas francesas, donde podía ir a 130 sin preocuparme y a pesar de los radares. En las de pago, porque en las gratuitas la cosa baja a 110, no acabo de entenderlo....
En cualquier caso, y a pesar de los camiones-adelantadores queseteclavandelanteaochentacuandovasacientoveintilargosporelcarrildelaizquierda, la jornada transcurrió sin incidencias, y resultó incluso ligera, tras la kilometrada del día anterior. Teníamos un hotel localizado en las afueras de Orléans, al que logramos llegar a la primera, gracias a la inestimable colaboración de nuestro amigo Antonio, que lleva ejerciendo de guía desde el kilómetro uno. No voy a entrar en detalles sobre el hotel, baste mencionar que se llama Mister Bed y la ducha es una cabina de algún tipo de plástico inyectado en un molde que la saca de una pieza y la deja colocada en el pasillo, en cantidad de tres, a compartir con camioneros y otros individuos itinerantes que ocupan las demás habitaciones de la planta. Alguno pensará que, después de la parrafada que me he largado sobre mi preencarnación camionera, he debido sentirme como en casa, pero nada más lejos de la realidad. Una cosa es el colegueo de la carretera y la mirada cómplice en el área de servicio, y otra muy distinta la intimidad del aseo personal, donde el nivel de exigencia es ligeramente superior.


Para tomar un poco el aire y reírnos de la elección hotelera (al menos era barato), salimos a dar una vuelta por la ciudad, hacer un par de fotos y disfrutar de una opípara cena, con lo que ahorrábamos en la habitación. 








Paseando alrededor de la catedral, descubrimos que en un parque, justo detrás, estaba a punto de empezar un concierto. Allí nos quedamos, tirados en la hierba, con una cerveza en la mano, a disfrutar de la música, un jazz al que el acordeón le daba cierto aire a folklore balcánico bastante curioso.











Bec de Cha en Orléans Jazz,
podéis escucharlos pinchando sobre el nombre del grupo en el programa)



Al terminar, la cena prevista




Y un paseo nocturno para bajarla....



1 comentarios:

Maria Jesus dijo...

Por fin fotos!!! Me alegro de saber de vosotros. Y lo de camionera... ejem, no pretenderás que nos creamos que es sólo por conducir un camión, verdad fina?
Bezitos