martes 29 de junio de 2010

Whale experience

Antes de nada he de corregir un pequeño error que cometí ayer: no estamos en Lofoten, sino en Vesterålen, otro grupillo de islas justo a continuación, hacia el norte. La verdad es que no había reparado en ello antes, para mí todas formaban un único archipiélago, pero es lo que tiene viajar, que además de ver mundo, aprendes cosas.



Así estaba ayer la playa, sobre la una y media de la madrugada,
cuando me retiraba a dormir.
Pano de 8 tomas, click para ver más grande.

El día ha amanecido, o lo que sea que haga cuando no oscurece durante las veinticuatro horas, templado y soleado, y hemos podido disfrutar de un desayuno al aire libre en este estupendo camping a pie de playa.



Con la intención de apuntarnos al turno de las once, nos acercamos a la taquilla de Whalesafari, con la desagradable sorpresa de que los dos turnos siguientes estaban completos y sólo quedaban vacantes en el de las tres de la tarde. Esto nos desmontaba todos los planes del día, así que, tras un intenso debate, reorganizamos el plan porque, al fin y al cabo, pocas oportunidades más tendremos de salir a ver ballenas. Aprovechamos el tiempo muerto para ir al supermercado a por algunos suministros de primera necesidad, como pan y galletas, y comimos en la playa. Más tarde, perfectamente pertrechados para nuestro safari marino, recibimos la noticia de que la previsión meteorológica anunciaba vientos y estaban considerando la posibilidad de suspender la salida. Mientras tomaban una decisión al respecto, nos metieron en un almacén del puerto reconvertido a sala de proyecciones bastante curiosa, para proyectar un pase de fotografías de más de veinte minutos sobre la fauna local que, por supuesto, incluía a las ballenas en cuestión y que nos hizo dudar de nuevo sobre si debíamos o no pagar el considerable precio del billete. Finalmente anunciaron que sí habría salida y, tras veinte tediosos minutos de cola para comprar la entrada, nos pasaron a una sala donde los guías ofrecían pastillas para el mareo. A pesar de su negativa inicial, Touille decidió aceptar la oferta, teniendo en cuenta lo ocurrido hace solamente unos días, cuando salimos a ver aves en Magerøya.
Una jovencilla belga menuda y muy expresiva, encargada del grupo en inglés, nos explicó con todo lujo de detalles la fisiología, biología, comportamiento y curiosidades varias sobre los cachalotes y dio algunas referencias sobre otras especies que, esporádicamente, es posible avistar por la zona. Para ello utilizaba una ballena de peluche, que estrujaba y agitaba en el aire, y una serie de paneles y fotografías de lo que ellos llaman su museo (estoy empezando a pensar que aquí llaman museo a cualquier cosa...). Al concluir, casi con un doctorado sobre cetáceos, nos dirigimos al muelle para embarcar.



Durante la hora de navegación que nos separaba de la zona de avistamiento, a diez millas de la costa, nos ofrecieron bebidas calientes y galletas, imprescindibles para combatir el frío. La búsqueda llevó un buen rato y tuvimos que salir hasta quince millas para poder encontrar la primera. A través de los micrófonos submarinos con los que está equipado el barco, el patrón y los investigadores a bordo localizan a la ballena, guiándose por el sonido que emite para llegar hasta la zona donde se encuentra. Al cabo de un rato se deja ver en la superficie, para deleite de los espectadores, que la observan guardando un respetuoso silencio, como si cualquier tipo de ruido la pudiese espantar. Resulta sorprendente cuánto puede llegar a acercarse la embarcación mientras el animal flota plácidamente, lanzando chorros al aire una y otra vez, y muestra parte de su lomo, que por momentos se pierde entre el oleaje, hasta que lo arquea, preparando una nueva inmersión. Llega entonces el momento culminante en que la cola emerge acompañada por una ovación de la audiencia, para perderse definitivamente de nuevo en el mar. Casi una hora más tarde localizamos otro ejemplar, esta vez con un impresionante fondo de luz dorada filtrada entre las nubes sobre el horizonte, que provocó el entusiasmo de nuestra guía belga.






Pese a la brevedad del momento, apenas cinco minutos cada avistamiento, aunque permanecimos a bordo más de cinco horas, y al mareo de Touille que, con pastilla y todo, ya tiene claro que no podrá dedicarse a la pesca como actividad profesional, estoy segura de que habrá merecido la pena cuando hayamos conseguido quitarnos el frío del cuerpo.

Pasadas las once de la noche, con la replanificación hecha pedazos de nuevo por la demora y la duración de la excursión, cogimos carretera para poder al menos avanzar un poco y poder llegar a Bodo mañana a última hora, como estaba previsto.




Uno de los problemas de la falta de oscuridad nocturna cuando no estás adaptado a ello es que no eres consciente de que el resto del mundo lleva un ritmo y horario como si la hubiese, y aunque a la una de la mañana parezcan las tres de la tarde, las calles se encuentran desiertas y las recepciones de los campings y demás alojamientos cerradas. Ante este panorama y dado que aún no hemos logrado recuperar una temperatura corporal adecuada, la idea de plantar la tienda no resulta en absoluto apetecible, así que me temo que hoy dormiremos en el coche. Yo, al ser pequeña, no tengo mucho problema, pero a ver cómo gestionamos el metro noventa de Touille....