Mi padre tiene un coche sueco, un Saab. Es un detalle totalmente irrelevante en apariencia, pero gracias a eso supe hace tiempo que en los países nórdicos es obligatorio conducir con las luces encendidas, aunque sea de día. Por eso en el coche de mi padre se encienden al dar el contacto, igual que en mi Vespa.
Hoy ha sido el día definitivo, el día de tocar tierra escandinava, por fin, después de atravesar media Europa.
El pequeño detalle de una "t" mal colocada nos ha regalado 60 kilómetros de más, porque nuestro amigo Antonio nos llevaba hacia Putgarten hasta que nos dimos cuenta de que íbamos en dirección este y Puttgarden, el lugar al que en realidad queríamos ir, estaba hacia el oeste de donde nos encontrábamos. Una vez corregida esta pequeña incidencia, llegamos a la entrada del ferry, con toda la curiosidad e incertidumbre que genera meter por primera vez el coche en un barco (intuyo que nos vamos a aburrir de hacerlo en los próximos días). Una, que es de provincias, tuvo que preguntar a la chica de la taquilla cómo funcionaba aquello, a lo que amablemente me indicó que debía colocarme en la fila 5 y, simplemente, esperar.
El mar estaba como un plato y el sol lucía a placer, así que el trayecto fue un disfrute, haciendo fotos y tomando el sol en cubierta. Así, sin darnos cuenta, llegamos a Dinamarca.
Al entrar por carretera supongo que es inevitable que, nuevamente, la primera impresión que recibimos del país esté relacionada con su parque móvil: una abrumadora mayoría de camiones Scania y Volvo nos daban la bienvenida. Los MAN, Mercedes, Renault, DAF y otras marcas comunes en latitudes inferiores habían prácticamente desaparecido.
Uno de los múltiples puentes por los que hemos pasado.
Lamentablemente, no había un sitio adecuado para parar y disfrutar de la vista de Oresund.
Lamentablemente, no había un sitio adecuado para parar y disfrutar de la vista de Oresund.
Los daneses conducen igual que hablan, pausados pero seguros (al menos así hablan los pocos que conozco). No tienen el ímpetu de los alemanes pero sí su precisión y, generalmente, respetan los límites establecidos. No encontramos un solo radar en todo el recorrido, tal vez simplemente porque no les hacen falta.
Para despedirnos por todo lo alto de la corta estancia, cruzamos a Suecia a través del impresionante puente de Oresund, con un peaje que dejaría a cualquier españolito de a pie temblando pero que, bien pensado, 8 kilómetros de puente después y teniendo en cuenta que cruzar Rande costaba casi tres euros hasta hace bien poco, casi lo pagas a gusto. Asombrosa obra de ingeniería por la que merece la pena pasar, al menos una vez, siendo muy consciente mientras lo haces de que recorres toda esa distancia sobre el mar y situándote mentalmente en el mapa, para mayor deleite. A partir de este momento pasaremos por unos cuantos puentes más...
El paisaje no cambia demasiado al cambiar de país, como cabría esperar. Seguimos viendo infinitas extensiones de cultivo con un color verde intenso que contrasta con el azul del cielo y con el rojo de las casas de madera. Inmediatamente dos cosas llaman nuestra atención: en este país deben ser grandes aficionados al golf, a juzgar por la cantidad de campos que se ven por el camino, y a la comida basura, en particular la de McDonald's. No encontramos un área de servicio, por pequeña que sea, en la que no haya un establecimiento de la cadena americana.
Los suecos no conducen precisamente despacio, a pesar de que los límites legales son, en la mayoría de los casos, inferiores a los de otros países por los que hemos pasado hasta ahora, incluyendo Dinamarca. El segundo mito caído, después de la velocidad en las autopistas alemanas, es que los nórdicos respetan escrupulosamente los límites de velocidad. Los daneses más bien sí, los noruegos aún no sabemos, los suecos definitivamente no. Llama la atención la ausencia de radares en las vías principales, lo que permite recuperar parte del tiempo que se pierde atravesando cada uno de los pueblos y ciudades que hay que cruzar a velocidad mucho más moderada y donde los controles sí son frecuentes.
Al llegar a Värnamo, enseguida encontramos el camping y, mientras tratábamos de instalarnos, fuimos atacados por un ejército de mosquitos hambrientos.
Adaptarse a los horarios de la zona y la época del año en que nos encontramos tienen la ventaja de poder disfrutar de un agradable paseo por el lago después de cenar.









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