martes, 15 de junio de 2010

Cuatro países en un día

La jornada de hoy se ha hecho especialmente dura, más de ochocientos quilómetros, equivalentes a todo el día en la carretera, para llegar a Alemania. Las autopistas empiezan a resultar demasiado anodinas, así que no hemos hecho ni una foto.


La salida de Orléans ha sido fácil y cómoda, como las anteriores, gracias a nuestro amigo Antonio (ya lo tratamos de tú, es uno más de la expedición). La conducción en Francia fue tranquila, a pesar de los camiones; la carretera es muy buena y está plagada de servicios, algo tendrá que ver que sean prácticamente todas de peaje, en los tramos que hemos recorrido. A cambio, ofrecen áreas de descanso cada 15 o 20 kilómetros que parecen auténticos parques y disponen de unos aseos exquisitamente limpios, y zonas de servicio completamente equipadas cada 30 o 40. Un lujo.
Al pasar el último peaje, casi en la frontera con Bélgica, una patrulla de cuatro o cinco policías nos hizo parar, supongo que por aburrimiento y por ser la nota exótica en aquella marea de matrículas centroeuropeas que cruzaban al mismo tiempo que nosotros. Tras las preguntas de rigor (a dónde vamos, por cuanto tiempo, motivo y demás) nos ordenaron seguir adelante sin más.

Acostumbrada como estoy a cruzar a Portugal desde que tengo uso de razón (aún recuerdo cuando había puesto de aduanas y la guardia civil abría los maleteros para comprobar cuántos kilos de azúcar y cuántas docenas de toallas nos llevábamos de vuelta a casa), y a pasar la desde hace algunos años inexistente frontera a 120 por hora (o a lo que cuadre, según el tráfico que haya), me cogió por sorpresa el paso de a uno y las señales que prohiben circular a más de 30. Sin duda un espejismo de tranquilidad antes de entrar de cabeza en el caos de adelantamientos temerarios, velocidades imposibles y autovías llenas de baches. Este es el resumen más exacto que se me ocurre de nuestra corta estancia en Bélgica, demasiado larga para haber sido al volante.
Entrar en Holanda fue como llegar a un remanso de paz, tras el correspondiente paso de a uno con señales de 30 por hora. Parece guasa, pero en cuestión de unos pocos cientos de metros la cosa cambió como de la noche al día y lo que había sido confusión, prisa y tensión se convirtió en la más absoluta de las calmas. Tanto es así que, viniendo de donde estoy acostumbrada a conducir, la ciudad en la que el del coche de atrás toca el claxon una cojonésima de segundo después de que haya cambiado a verde (vamos, que el ojo humano todavía no ha tenido tiempo de percibirlo), no puedo expresar mi asombro cuando la autovía por la que viajábamos desembocó directamente en pleno centro de la ciudad de Maastrich (igual no era el centro mismo, pero como si lo fuese) y durante todo el tiempo que estuvimos allí atascados, entre coches y semáforos, que fue bastante, no se escuchó más sonido que el de los motores y la radio de algún conductor solidario, de esos que están deseando compartir la música con los demás.

Uno enseguida se da cuenta de que ha llegado a Alemania (nuevamente el paso lento a no más de 30 por hora para entrar) porque el parque móvil es ciertamente característico. Recuerdo que mi padre siempre llamaba mi atención sobre este detalle como interesante y a menudo infalible indicador socioeconómico de la zona objeto de análisis. Al cabo de unos kilómetros por el país, uno empieza a pensar que los Audi, Mercedes y BMW se venden con ofertas 2x1 y los Volkswagen los regalan con las cajas de galletas para el desayuno. A pesar de llevar el hermano pobre (un Opel, humilde pero robusto), me he sentido a gusto conduciendo por allí. Les va la velocidad, aunque el primer mito que se me ha caído en este viaje es aquello que siempre se comenta de que en las autopistas alemanas no hay límite. Que se lo saltan con frecuencia sí es verdad, pero lo hay, 130 kilómetros por hora, aunque en la mayoría de los tramos está limitado a 120 en las horas centrales del día, que para ellos viene a ser de 6 de la mañana a 8 de la tarde. Conducen rápido y con precisión, muy germanos ellos, vaya.


Y esto es lo que ha dado de sí la jornada hasta recalar en Münster, donde nos hemos dejado caer en un céntrico hotel no demasiado barato donde, además, la wifi es de pago y 3 euros por una hora nos parece un poco excesivo.

Mañana más...



2 comentarios:

Franz Minaret dijo...

Me ha hecho mucha gracia lo de las autovías llenas de baches y esas cosas... no sé qué pasa con Bélgica, al que yo tenía por más o menos de nivel decente, que parece un país suburbio de Francia y Holanda. Vaaale , Brujas es muy bonito y tal, y los pralinés belgas bla bla bla... pero es que tiene una pinta ciertamente cutre en algunas zonas.

Por cierto, no te decepciones con Alemania, sí hay zonas en las que no hay límite de velocidad, sólo que ellos, tan germanos como tú dices, ponen restricciones en los puntos donde puede haber más tráfico.

Masha dijo...

Difícilmente me va a decepcionar Alemania. Me ha gustado y me ha resultado cómodo conducir por allí :-D

Lo de Bélgica, no tiene nombre XDDDD