La necesidad de repostar nos ha llevado una vez más a Honningsvag, donde hemos aprovechado para comer algo (perritos calientes, ya he perdido la cuenta de cuántos llevamos desde que estamos aquí...) y pasar por el supermercado, antes de hacer una última visita a la gente del Ártico, para comprar regalos y despedirnos. Con ellos hemos perdido la noción del tiempo, charlando sobre lo divino y lo humano y jugando con Lonchas, un impresionante ejemplar de alaskan malamute, que aullaba cada poco, reclamando atención.
Cuando salimos de allí, cerca ya de las cuatro, nos fuimos a disfrutar de la última tarde en la cabaña, con una sabrosa barbacoa a base de salchichas y alitas de pollo, regadas con la mejor cerveza gallega ;-)
En cada viaje aparece un gorro que merece formar parte de mi colección.
Hoy presentamos el modelo Norwegian guisante XD
No hay como un poco de sol para que salgan los enanos de debajo de las setas y gracias a ello tuvimos nuestro momento Wisteria Lane polar. Ocupar la casa del embarcadero, donde se encuentra el pilón de lavar el pescado, propició que nuestro vecino, al que sólo saludábamos a través de la ventana con un movimiento de mano, intercambiara por fin unas palabras con nosotros. Supimos que eran daneses y que el coche que conducían, con matrícula noruega, era de aquiler. Traía un enorme salmón que había pescado en un lago cercano y a mí, con el estómago lleno ya de grasas de dudosa procedencia, se me hizo la boca agua inmediatamente ante semejante ejemplar, que fácilmente llegaría al kilo y medio.
Algo más tarde, se ocupó la tercera cabaña, continuando nuestra tarde de confraternización vecinal con una encantadora familia finlandesa que, casualmente, habían estado en Vigo, en la casa de verano de su amiga Paz, que es de Madrid.
La digestión de la barbacoa fue más o menos como la de la boa después de engullir un elefante, es decir, lenta, larga y pesada, y cuando por fin hemos vuelto a asomar la nariz al exterior, el cielo azul y la luz dorada de la tarde habían cedido a un nuevo manto de nubarrones grises que amenazaba con estropear nuestra última oportunidad de ver el sol de medianoche en Cabo Norte. Aún así iremos, dado que difícilmente volveremos a tenerlo tan a tiro de piedra
Superada la novedad de todo aquello, uno se siente un poco diferente a las masas que recorren erráticas el hall central y salen corriendo en bloque hacia la puerta con una ovación, cada vez que el movimiento de las nubes modifica lo más mínimo la trayectoria de un rayo de luz.
Alguien debería explicar a toda esta gente que hoy tampoco van a ver el puto sol de medianoche, y que deberían pasar por la tienda de regalos a facturar un poco más, cling! cling! y llevarse unas postales, o calendarios o pósters como premio de consolación por lo que no han logrado ver. Tal vez alguien debería también explicárnoslo a nosotros que, pese al panorama, bastante desalentador, que presenta el cielo esta noche, hemos decidido sentarnos frente a la cristalera y esperar un rato, a ver qué pasa. Mientras, nos tomamos un café servido por un camarero que lo mismo podría ser la primera bailarina del Ballet Nacional de Noruega, androginia nórdica que me cautiva absolutamente.









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