Hemos pasado la noche de más frío hasta el momento, cualquier cosa que pudiéramos hacer para intentar mitigarlo ha sido del todo inútil. Al espabilado que decidió la distribución del camping y el lugar para plantar las tiendas había que darle un gallifante porque, a pesar de tener las mejores vistas, es sin duda el más castigado. Nuestros vecinos australianos, en cambio, parecen haber descansado bien y charlan animadamente con otro grupo de moteros alemanes, sin importarles, aparentemente, el aire gélido. Empiezo a pensar que tengo el termostato jodido....
Camping caro, internet caro e intermitente, según las ráfagas de viento... Levantamos bártulos para recorrer los 8 kilómetros que nos separan del Círculo Polar.
Si bien no era difícil imaginarlo, tras echar un vistazo a todo el material promocional que nos habían dado en la recepción del camping a nuestra llegada, uno no se hace una idea del tinglado que hay allí montado hasta que lo ve en vivo y en directo. La línea de los 66º 32' 35" se pierde entre una serie de construcciones absurdas, restaurantes, tiendas de souvenirs y la oficina de correos de Papá Noel (sic!). Tras diez minutos intentándolo, desistimos de conseguir una foto libre de piernas ajenas y de jubilados ansiosos por hacerse una foto tocando el hito o trepando por él para posar señalando su ciudad de origen. Nos vamos, confiando en que en Noruega, al bajar, la cosa sea un poco más discreta y podamos despedirnos a gusto del momento polar.
Aunque el paisaje ha cambiado ligeramente con respecto a Suecia, continúa la interminable sucesión de bosques y lagos que, no sé si por tener realmente algún rasgo distintivo o simplemente por sugestión, me transportan a otros momentos, algo lejanos ya en el tiempo, allá por la primavera del 97.
De lo que nunca había sido consciente hasta hoy (mejor dicho, ayer, que entramos en el país) es que los finlandeses son unos auténticos energúmenos al volante. Si deciden adelantar lo hace sin más, sin importar lo que pueda venir de frente por el sentido contrario.
Los últimos 80 kilómetros de trayecto, hasta llegar a Karasjok, ya en Noruega, transcurren por una carretera secundaria, sin pintar y con un trazado digno de la mejor montaña rusa de cualquier parque de atracciones de primer nivel. Subidas y bajadas sucesivas de en torno al 6 por ciento, llegando al 8 e incluso al 10 en algunos casos, con cambios de rasante en los que el estómago se encoge levemente, ante la incertidumbre de encontrar un par de renos cruzando la carretera o un finlandés adelantando, al recuperar el campo de visión normal.
Afortunadamente y para tranquilidad de todos, llegamos a la frontera sin incidencias, no nos han pedido nada, ni siquiera han asomado fuera de la garita... Las mismas señales para ir a 30 por hora y el puente que nos anuncia que ya hemos llegado a Noruega. Nuestro primer pensamiento ha sido para Musa, que se ha quedado fuera de la expedición por temor a un control mucho más exhaustivo en la frontera. Si lo hubiésemos sabido...
No acabo yo de hacerme con esto de que en los pueblos no haya bares en los que reunirse y matar el tiempo, ni gente paseando sin necesidad de ir a un sitio concreto. En el camping nos han explicado que suelen hacer una hoguera en la enorme tienda sami, pero justamente hoy está reservada por un grupo de holandeses, a los que oímos reír a carcajadas de vez en cuando e imaginamos disfrutando de un enorme fiestorro. A cambio y a modo de pequeña compensación, han encendido la barbacoa, en una pequeña caseta cercana a la entrada del recinto, convirtiéndola en un agradable salón de reunión en el que, durante largo rato, permanecemos solos, viendo cómo pequeños grupos se van asomando a la puerta y abandonando el lugar segundos más tarde. Una sonriente señora estonia, mientras su hija tostaba nubes de caramelo en el fuego, nos explicaba los inconvenientes de viajar con su perro, un imponente alaskan malamute que en aquel momento arrastraba al marido de un lado para otro por todo el camping y aprovechaba cada charco, lago o reguero de agua, por pequeño que fuese, para darse un remojón.
Ante la experiencia de la noche anterior y que las temperaturas continúan en descenso, nos dirigimos a la acogedora cabaña que hemos alquilado para pasar la noche, con unas increíbles vistas al río y a la ciudad.
En este entorno tan particular, me fumo el último Marlboro, antes de intentar dejarlo, por enésima vez....








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