sábado, 19 de junio de 2010

El día de la boda real sueca

Después de toda la noche jarreando, la mañana apareció (o mejor, nosotros aparecimos en la mañana, dadas las horas a que amanece por aquí, alrededor de las 3) sorprendentemente soleada y templada. Hemos llegado a ese punto del viaje en que las pintas nos dan bastante igual y lo mismo se enseña lorza con las mallas de 5 euros de Zara que se protege el cartón del sol con lo primero que se pilla a mano. 



Amenizando el desayuno, suena en la radio un tipo que canta el Heartache de Bonnie Tyler en sueco, increíble! seguro que Maribel no conoce esta versión XD

Kilómetros y kilómetros de bosque más adelante, empezamos a entender lo que quiso decir el sueco urbanita con lo de que "al norte de Uppsala no hay absolutamente nada". Resulta realmente impresionante y, al mismo tiempo, un auténtico coñazo viajar durante tantas horas por un paraje que no ofrece más sorpresa que tener que reducir la velocidad al atravesar alguna población, muy de cuando en cuando.






En una parada de rutina para coger un café, en un área de servicio de esas enormes en la que prácticamente puedes hacer de todo, los Jaime Cantizano y Peñafiel de la televisión sueca retransmitían la boda real, de la que tuve noticia sólo tres días antes de salir, hojeando una revista en la peluquería. Lamentablemente, coincidió un momento de "entretanto", así que no vimos nada de interés y tampoco nos enteramos de los detalles de la ceremonia y del vestido de la novia, porque lo estaban contando en sueco, como cabría esperar.
Ya en el coche, por la tontería, encendimos el ordenador y encontramos una wifi, lo que nos hizo pensar que en Suecia era un servicio habitual en ese tipo de establecimientos. Más tarde descubrimos que no era así, lamentablemente para alguien que, como nosotros, pasa más tiempo en la carretera que en cualquier otro sitio.






Otra de esas acojonantes obras de ingeniería que se estilan por aquí



El fin de etapa para la jornada de hoy era Umea. Cien largos kilómetros antes de llegar entramos de lleno en el diluvio universal, así que, cuando llegamos al camping, decidimos alquilar una cabaña, aún a riesgo de despertarnos por la mañana flotando en medio del mar o de uno de esos charcos grandes que tienen por aquí. Por suerte, había solamente una libre, para dos personas, que parecía estar esperando nuestra llegada.
El camping, de cuatro estrellas, parecía el pueblo de Pin y Pon, con cabañas de todos los tamaños y colores, todas ellas numerada, clasificadas y ordenadas por zonas, perfectamente identificadas con letras y pequeñas callecitas entre ellas. 





Había también media docena de valientes, con su tienda, desafiando las inclemencias del tiempo, que en aquel momento eran realmente intensas, y luego estaban los profesionales. Y es que en este país son auténticos profesionales del campismo, con sus enormes caravanas o autocaravanas en las que con un avance y cuatro trastos más montan auténticas mansiones de verano, con sus banderitas y todo. Nunca había visto tanta afición como aquí, ni tanto conductor con la casa a cuestas como se ve por estas carreteras.

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