Sin tener intención de hacer demasiadas paradas ni muy largas antes de llegar a Noruega, que es, en realidad, el objetivo de este viaje, Lübeck es un lugar que tenía especial interés por visitar. Estuve en una ocasión, hace años, y tenía un recuerdo estupendo de ciudad tranquila con un centro histórico impresionante y un mazapán para ponerle un piso al tipo que lo hace, que no sé cómo se llamará (¿pastelero?, ¿repostero?, ¿mazapanero?...), así que decidí que merecía la pena compartirlo con Touille.
La etapa era, en teoría, corta, unos cuatrocientos kilómetros y tres horas y media de recorrido que acabaron convirtiéndose en cerca de cinco por obra y gracia de Frau Merkel, que parece decidida a sacar al país de la crisis a base de arreglar las carreteras. Largas y tediosas caravanas durante las que el único entretenimiento fue aprender a distinguir los camiones de lejos por su frontal, antes de que la marca sea legible. Ni que decir tiene que me he hecho una auténtica experta en reconocer Scanias a larga distancia.
Además de las obras, al planificar la ruta no caímos en la cuenta de que la habíamos trazado pasando por dos de los centros logísticos y neurálgicos de esa parte del país, Bremen y Hamburgo, pero, a pesar de los atascos, ha merecido la pena contemplar el espectáculo de literalmente cientos de camiones haciendo cola para entrar. Los había de todos los colores, más sobrios, completamente tuneados, horteras a morir y tan bonitos que daban ganas de llevárselos para casa y ponerlos en una estantería entre los libros para adornar. A riesgo de resultar repetitiva, volveré a insistir en que los Scania son lo más.
Aunque parecía que nunca lo íbamos a conseguir, llegamos a Lübeck a una hora bastante decente, pasado el mediodía, cuando todavía había un montón de gente yendo y viniendo por la calle, y en una plaza del centro pudimos disfrutar de una de esas enormes bradwurst y una cerveza, sentados en mesas y bancos de madera, decorados con cojines de la bandera alemana. No hay duda, la fiebre mundialera se ha apoderado completamente del país.
Más tarde, pero no demasiado, salimos a buscar un sitio para pasar la noche, y elegimos de la lista que llevábamos el que estaba en la calle Gutemberg, que además de tener un precio razonable, sonaba muy sugerente, como muy de allí. Estaba fuera del centro, en una zona residencial, y al entrar se percibía algo extraño. Está organizado de un modo un tanto peculiar, con la recepción escondida tras una barra de bar, a un lado de la entrada, y un enorme salón con decoración de estilo antiguo al otro. Para subir a la habitación había que salir a la calle, entrar por una puerta independiente y subir una interminable y anormalmente empinada escalinata, aunque el esfuerzo tenía su recompensa....
Por la tarde paseo por el centro histórico de la ciudad, la imprescindible visita a Niederegger para comprar mazapanes y cena a la orilla del río, con una manta sobre los hombros porque a partir de cierta hora empieza a refrescar. Todo muy recomendable.
En el centro, la casa Budenbrook







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