sábado, 10 de julio de 2010

Long drive home

Después de lo que llevábamos en el cuerpo, el trayecto de Burgos a Vigo fue poco menos que un paseo militar, a carreiriña dun can, como diría mi padre, si bien he de reconocer que desde Verín se hizo especialmente duro hasta que, por fin, volvimos a encontrarnos en la Miñoca, delante del portal, en casa.

Supongo que a la mayoría de quienes tienen que soportar nuestras historias ahora y durante las próximas semanas, les seguirá pareciendo una barbaridad el plan, pero estoy segura de que nadie que no haya hecho algo parecido, que me consta que alguno hay, puede hacerse una idea siquiera cercana a lo que se llega a sentir durante y después de una experiencia semejante.
En cualquier caso, me comprometo a hacer lo que esté en mi mano para conseguir acercar un poco de todo ello a mi gente, a todos aquellos a los que en algún momento del viaje me hubiera gustado que estuvieran a mi lado.


No recuerdo si he mencionado Radio Norge en alguna ocasión, aunque supongo que sí porque ha sido una gran compañera de viaje en las interminables horas de coche por territorio noruego. De lo que no tengo duda en absoluto es de que tienen en sus almacenes toda la discografía del Boss, incluso es probable que algunas ediciones especiales, que sólo poseen unos pocos afortunados...



viernes, 9 de julio de 2010

Arabiya

Seguimos en ruta por Francia, con idea de llegar a dormir a Burgos -mil y pico kilómetros- y que la etapa de mañana sea un poco más ligera. A pesar de los conductores franceses, las obras y el inevitable atasco de casi una hora en Burdeos. 

A medida que avanzamos hacia el sur la proporción de coches ocupados por marroquíes y argelinos que se dirigen a tomar el ferry en Algeciras o Almería, para pasar las vacaciones en casa, aumenta vertiginosamente, hasta que al bajar del coche en el área de servicio de Vitoria tengo la impresión de haber llegado al Magreb, exactamente como lo conozco. Decenas de chiquillos corretean y juegan al balón, mientras los padres, tíos, primos y hermanos mayores tomar un refrigerio, aprovechando que el sol ha bajado y ya no aprieta el calor. Se empieza a estar mejor fuera del coche que dentro, con el aire acondicionado.


Hay una cosa que siempre he puesto cierto empeño en conservar, hablo de una la capacidad de asombro, casi infantil, ante cosas que en cualquier otro contexto podrían resultar absurdas, si no ridículas.
Después de casi un mes durmiendo cada noche en un lugar distinto, a menudo caro para las condiciones que ofrecía, compartiendo baños y duchas y pasando bastante frío en algunas ocasiones, la habitación y, sobre todo el precio, del hotel en Burgos me parecieron un auténtico lujo. Espacio amplio, tele en español, cama enorme y mullida, toallas limpias y una ducha que podía utilizar sin necesidad de chanclas.....

Salimos a tomar una cerveza antes de caer rendidos. Ha sido un día duro.

jueves, 8 de julio de 2010

Engullendo kilómetros

La jornada de hoy no ha tenido más interés que el haber recorrido algo más de novecientos kilómetros, para llegar a un lugar de Francia llamado Mâcon y pasar la noche en un hotel poligonero, de esos que abundan por el país y que resultan tan prácticos si llegas tarde, porque tienen esa maquinita en la puerta que hace las veces de recepción. Por un módico precio puedes disponer de una cama, una ducha y un desayuno más o menos decente por la mañana.

Es curioso cómo cambia la percepción de las cosas según uno vaya en una u otra dirección. Tenía desde hace tiempo en bastante poca consideración la forma de conducir de los franceses, pero hace unas cuantas semanas, al recorrer el país hacia el norte, no me pareció tan terrible. Sin embargo hoy, viniendo desde Alemania, donde son rápidos, incluso agresivos, pero precisos y extremadamente correctos, he vuelto a mi opinión inicial de que aquí no se conduce demasiado bien.


Con suerte, paciencia y si todo sale según lo previsto, mañana llegaremos a dormir a Burgos.

miércoles, 7 de julio de 2010

Fútbol, cerveza y bratwurst

Cinco minutos de agua caliente para ducharte en un camping de Noruega, 10 coronas (1,25 euros), café de gasolinera noruega, 20 coronas (2,5 euros), cerveza alemana con bratwurst, 3,50 euros, ver la semifinal del mundial en un bar con doscientos alemanes llenos de banderas y con la cara pintada en un pueblo llamado Salzgitter, que sabediós dónde está, y que gane España, no tiene precio.



Salimos de Noruega temprano por la mañana, en el ferry de las ocho. El recorrido por Dinamarca fue como un enorme respiro, después de dos semanas conduciendo por carreteras por las que no se puede pasar de noventa ni a propósito. Es más, estoy convencida de que los noruegos van a Dinamarca sólo para poder correr con el coche XD.


A partir de ahora, autopista, autovía y cientos de camiones por adelantar hasta que el sábado, si todo sale según lo previsto, estemos de vuelta en casa.

Por una parte he agradecido pasar el mundial lejos de terreno futbolero, pero parece que lo llevamos tan interiorizado que no he podido dejar de entrar en el Marca de vez en cuando, por curiosidad, para ver cómo iba la cosa. Casualmente, ha coincidido que España juega la semifinal el mismo día que nosotros estamos atravesando Alemania y eso, en un país como éste, donde están todos locos por el fútbol, era algo para vivir, así que cuando se acercaba la hora salimos de la autovía, buscamos un lugar donde pasar la noche y nos fuimos a un bar a ver el partido. Al principio estábamos un poco cohibidos, porque debía haber doscientas almas allí, entre el interior y la terraza, pero después de un par de bratwurst con mostaza y a medida que la cerveza fluía y los minutos pasaban, nos íbamos envalentonando y no pudimos evitar celebrar el gol, aunque con toda la prudencia y discreción de que fuimos capaces. En cuanto terminó el partido abandonamos el local lo más rápidamente que pudimos.
La final, en la Miñoca y con Estrella, aunque no me guste el fútbol.

martes, 6 de julio de 2010

Ha det Norge!

Querer abarcar tantas cosas en un solo viaje tiene el inconveniente de que algunas no están todo lo preparadas que debería, como nos ha ocurrido hoy. Salimos a media mañana del camping con la intención de subir al Preikestolen y disfrutar de unas espectaculares vistas de Lysefjord, pero enseguida nos dimos cuenta de que nuestro plan iba a terminar frustrado, al encontrar la señal que anunciaba el aparcamiento a seis kilómetros de allí y dos horas más de caminata hasta llegar al lugar en cuestión. No es que nos molestase el paseo, que en otras circunstancias podría haber sido incluso de agradecer (todos conocemos la diferente densidad de turismo y las especies que frecuentan los sitios a los que llegas a la puerta con el coche y aquellos que requieren un mínimo esfuerzo para acceder a ellos), pero pensando en las casi seis horas que nos separaban aún de Kristiansand y que mañana tendremos que madrugar bastante para coger el ferry, no parecía la mejor idea llegar a las tantas y agotados por la excursión. Y sí que debe estar apartada la dichosa piedra, porque ni siquiera fuimos capaces de verla desde la carretera. Resulta frustrante estar tan cerca y tener que decidir dejarlo para otra ocasión, si es que la hay, pero a veces no queda más remedio.....






Como premio de consolación, decidimos acercarnos a Lindesnes, el punto más meridional de Noruega, que nos quedaba más o menos de camino, desviándonos un poco. Después de haber estado en Nordkapp y ser éste el objetivo del viaje, parecía una buena opción como despedida.



A veces somos un poco complicados de más, y en lugar de disfrutar las cosas en el momento, lo hacemos después, cuando ya han pasado. Eso ha sido más o menos lo que me ha ocurrido hoy. Al llegar a Lindesnes, lejos de encontrar un lugar solitario, con un faro sobre las rocas, como imaginaba que habría, encontramos un gran aparcamiento, lleno por supuesto, un restaurante-café-tiendadesouvenirs y, como no, una taquilla. No sé si me afectó el tremendo viento que hacía o el cansancio de las horas de coche y la carretera interminable para llegar allí, o ambas cosas, pero en un primer momento un enorme cabreo se apoderó de mí y me negué a pagar de nuevo por acceder a unas rocas que estaban allí mucho antes que ellos, en el país donde bastantes lagos y la mayoría de los ríos son privados, incluso con distintos propietarios por tramos. Lo encuentro surrealista.
El caso es que al final entré por el aro, pagué las cincuenta coronas de rigor y allí estaba, al pie del faro, en el punto más meridional de Noruega, y tengo que admitir que mereció la pena.




Pano desde el faro.



No demasiados kilómetros y varias horas después llegamos a Kristiansand, nuestra última parada antes de emprender regreso. Mientras buscábamos un lugar para pasar la noche recorrimos la ciudad un par de veces, con la impresión de estar en un país diferente. Había un ambiente extraño, como si la ciudad entera fuese el puerto, y el camping donde fuimos a parar era, con diferencia, el peor de cuantos hemos encontrado a lo largo del viaje, y el más caro. El ambiente era curioso, empezando por el tipo de recepción, un noruego bronceado y con aspecto descuidado que en un español bastante rudimentario me contó que había vivido unos años en España, "all around". Estaba lleno de una mezcla de adolescentes desaforados por pasar unos días fuera de casa haciendo botellón y familias numerosas como tribus, con bebés y niños de corta edad. El sistema de acampada, igual de peculiar, consiste en que cada uno se busque la vida en la especie de colina arbolada que ocupa el recinto y, una vez encontrado un lugar del agrado del campista, éste ha de volver a recepción a registrarse y pagar.

Con poca confianza en descansar razonablemente bien, dada la inclinación del terreno y el vecindario, nos retiramos por hoy.



lunes, 5 de julio de 2010

Bergen

Como en anteriores ocasiones, la lluvia respetó nuestra mañana de paseo y pudimos recorrer el centro de Bergen, ver el mercado de pescado y charlar con los vendedores españoles, que eran unos cuantos y ofrecían ballena y salmón a los turistas, y arrasar un par de tiendas de discos donde, por un precio que incluso en España resultaría ridículo, me he comprado media montaña de cedés. Touille también ha dado buena cuenta de la oferta musical de las tiendas de la ciudad, aunque no ha conseguido encontrar el brañaencargo











Después de un kebab que nos dejó como si hubiésemos comido un jabalí, volvimos a lo que nos está ocupando la mayor parte del tiempo durante este viaje: recorrer kilómetros, en lo que será nuestra penúltima etapa por territorio noruego. Se trata de una etapa relajada, poco más de doscientos kilómetros hasta las cercanías del Preikestolen, con tres ferrys de por medio, que siempre lo hacen más llevadero. Los dos primeros forman parte del trazado de una carretera nacional, la E16 por la que circulamos hoy, y tienen sus correspondientes cabinas de peaje antes de las líneas numeradas para guardar cola por riguroso orden de llegada, todo muy organizado. Entre ellos, otro túnel, éste de peaje, que nos lleva a un par de cientos de metros bajo el mar, para volver a salir a la superficie ocho kilómetros después, como ocurría en Mageroya. Por supuesto, hubo más túneles, no sé si antes, después o entre medias, pero ya he perdido la cuenta...




El último de los ferrys es de los de pagar a bordo y hoy hemos comprobado nuevamente como cierta manera de hacer las cosas que tiene esta gente del norte no funcionaría jamás en un país mediterráneo. Hay una taquilla a bordo en la que compramos nuestro billete en cuanto fue posible, pero además dos revisores recorren el barco preguntando a cada pasajero y cobrándole, si es que no lo tiene. Cuando me preguntó y le respondí que sí, se dio media vuelta y estoy segura que ni se fijó en mi ademán de abrir la mochila para mostrárselo.


Stavanger










Hoy hemos recalado en el camping de un lugar llamado Solvik, con un emplazamiento envidiable, como en terrazas de césped que terminan sobre el mar. Ofrecen botes de remos a los huéspedes, muchos de los cuales están terminando una jornada de pesca de cuyo éxito da fe el olor a pescado a la brasa que invade todo el recinto. Ante eso, nuestras latas de conserva pierden parte del encanto de comerlas sentados en la hierba mirando un mar plagado de pequeñas islas, pero aún así los mejillones en escabeche saben mucho mejor que en casa.

Hay internet, pero de pago, así que mañana será otro día, el último en Noruega.


domingo, 4 de julio de 2010

Elizabeth

Hoy hemos conocido a Elizabeth.

Por la mañana cuando nos despertamos, un ruido de golpeteo más o menos continuo contra la lona de la tienda nos dio la impresión de que estaba lloviendo otra vez, aunque hacía bastante calor. Cuando por fin asomamos la cabeza fuera y vimos que un sol radiante lucía sobre el cielo azul, nos llevó apenas unos segundos darnos cuenta de que el golpeteo eran las moscas, mosquitos, tábanos y otros bichos voladores, cuando chocaban contra la tienda. Ni siquiera pudimos desayunar antes de recoger todo lo más rápidamente posible y huir del lugar, sin alce pero con unas cuantas picaduras como puños, incluso a través de la ropa.

Menos de cuatrocientos kilómetros nos separaban aún de Bergen, lo cual, traducido a horas, se aproxima a siete. Como aliciente para pasar todo el día conduciendo, el sol espléndido y los paisajes de árboles, lagos, casas con jardín en el tejado, espumeantes ríos y montañas todavía con nieve. Pasamos por unas cuantas estaciones de esquí y adelantamos a ciclistas y grupos de patinadores que practicaban sobre ruedas para el campo a través invernal.




 
En esta zona se concentran gran parte de las stavkyrje, esas iglesias medievales de madera, tan vistosas algunas de ellas. La primera que encontramos fue la de Høre, ni demasiado espectacular ni abierta para visitar el interior. 



Hicimos unas cuantas fotos, bastante malas todas, porque el sol caía a plomo a aquella hora, y continuamos camino hasta que nos tropezamos con una curiosa estampa: en Øye una iglesia contemporánea a la izquierda de la carretera y una stavkyrje a la derecha, pequeña y sobria. La familia que la estaba visitando estaba a punto de terminar así que no tuvimos que esperar demasiado para que llegara nuestro turno. Entonces conocimos a Elizabeth que, vestida acorde al escenario en el que se encontraba, intentó hablarnos en noruego y alemán, antes de resignarse a utilizar un inglés con el que, sin duda, se sentía mucho menos cómoda. Describió cada detalle de la iglesia como quien cuenta a sus nietos una historia que ha vivido en su juventud, con una intensidad que te trasladaba a cada momento de la historia y te hacía acompañarla en los saltos en el tiempo que daba durante sus explicaciones, todo ello acompañado por un embriagador olor a brea porque, como ella decía, estas construcciones son como barcos invertidos. Al final de la visita estuvimos un rato de charla con ella, que se mostró sorprendida por nuestra capacidad de comunicación en inglés, siendo españoles (sic!). Supimos también que es alemana del este, refugiada en Noruega en la posguerra y que, a sus ochenta y un años, estudia español (los libros sobre un banco en el que se sienta mientras espera la llegada de nuevos visitantes dan fe) porque su hija vive en Jerez de la Frontera y pasa allí una temporada cada año. Sin duda una mujer entrañable y admirable.




Encontramos una tercera stavkyrje más adelante, sin duda mucho más espectacular por fuera, pero seguro que sin tanta historia y, desde luego, sin Elizabeth, así que decidimos no entrar.




Mientras continuábamos avanzando, valorábamos la posibilidad de seguir el consejo de nuestro asiduo Franz, que hace unos días nos recomendaba no tomar el túnel de Laerdal para disfrutar a cambio de un recorrido por espectaculares paisajes. Sin embargo, a medida que nos aproximábamos a la zona, el tiempo iba empeorando, la lluvia hacía acto de presencia y los kilómetros se volvían cada vez más largos y la hora de llegada más lejana. La idea de conducir 25 kilómetros del tirón bajo la tierra me hacía más bien poca o ninguna gracia, pero empezábamos a estar un poco saturados así que nos metimos en el túnel más largo del mundo, por carretera. Veinte interminables minutos después salimos con la sensación de haber viajado al centro de la tierra y regresado. Con muy buen criterio, comercial pero sobre todo humano, justo a la salida del túnel hay una zona de servicios con gasolinera, cafetería y amplio aparcamiento, para recuperar el aliento después de semejante tortura, que aprovechamos para estirar las piernas y volver a acostumbrar los ojos a la luz del día. Por si no había sido suficiente, a éste le siguió otro pequeño túnel de 600 metros de longitud, y a éste otro de kilómetro y medio, y otro de cinco, otro de once..... A partir de ahí perdimos la cuenta. La lluvia arreciaba, por lo que podíamos apreciar entre salida y entrada de aquella interminable sucesión de galerías, a medida que nos acercábamos a Bergen, cuyo fiordo es muy bonito, por lo que me han contado, pero que a base de viajar a través de la barriga de las montañas, poco pudimos apreciar.
Unos quince kilómetros antes de llegar, había un camping esperando por nosotros. Con la que estaba cayendo, no podíamos pensar en plantar la tienda y tampoco tenían cabañas disponibles, así que hubo que conformarse con lo que ellos llaman motel-room, y que le da a uno la sensación de volver a la residencia de estudiantes, con sus literas, su escritorio y la ducha compartida con toda la planta. Al menos hay internet y es gratis.

sábado, 3 de julio de 2010

Real Norway

No podíamos imaginar, cuando nos encontramos con Torgeir por la mañana, que el día iba a dar de sí hasta tal punto. La idea era aprovechar dos o tres horas para recorrer la ciudad, comer en su casa y marcharnos alrededor de las dos o, como mucho, las tres de la tarde.
Paseamos el centro de Trondheim mientras nos explicaba cosas sobre los edificios y la historia del lugar, tomamos un helado y subimos hasta la fortaleza, desde donde se disfrutaba de una vista increíble. Por cierto, ¡¡también en Trondheim hay una rotonda dentro de un túnel!! XD







A continuación fuimos a la compra y descubrimos el despiste de un hombre acostumbrado a tener a su mujer siempre cerca. Ella, española, ha regresado hace poco a trabajar a España y se encuentran provisionalmente separados, yendo y viniendo cada uno al otro lado.
Hace algún tiempo que conozco a este noruego y hasta hoy podría decir que más o menos coincide con el estereotipo que conocemos de los nórdicos. Ahora, sin embargo, después de haber compartido con él uno de los días más interesantes del viaje, siento una profunda gratitud y aprecio, y sé hasta qué punto es capaz de mostrarse hospitalario y cálido. Nos abrió las puertas de su casa de par en par, después de comprar en el supermercado todo aquello que le dijimos que aún no habíamos probado, y podríamos habernos quedado a dormir, de no ser porque todavía nos falta un buen trecho para llegar a Bergen y porque, a pesar de todo, no tengo tanta confianza aún como para aceptar su ofrecimiento, de cuya sinceridad no dudo en absoluto. Charlamos con él sobre infinidad de temas, respondió con paciencia a todas nuestras preguntas e inquietudes y después de todo ello podemos decir que conocemos Noruega un poco más.

Cuando nos dimos cuenta, eran casi las ocho de la tarde, así que nos despedimos de Torgeir para aprovechar unas cuantas horas y hacer más ligero el trayecto del día siguiente. Viajamos durante cuatro horas hasta que decidimos empezar a buscar un lugar para pasar la noche, algo complicado, teniendo en cuenta que ya eran más de las doce. 



Decidimos instalarnos en el primer camping que encontrásemos, lo más silenciosamente posible, sabiendo que la recepción estaría cerrada, pero teniendo en cuenta dónde estamos, se podrá pagar y arreglar todo por la mañana. A diferencia otros lugares por los que hemos pasado antes, los tres o cuatro campings que encontramos a partir de entonces tenían un enorme portón cerrado en la entrada, por lo que no nos quedó más remedio que tirarnos al monte, a hacer acampada libre.
La noche no estaba demasiado fresca, así que plantamos la tienda entre unos árboles y cómodamente nos fuimos a descansar. A ver si mañana nos despierta un alce llamando a la puerta, que todavía no hemos visto ninguno.




viernes, 2 de julio de 2010

Arde el asfalto

Hoy nos hemos quedado dormidos o, más bien, no hemos hecho ni caso al despertador cuando ha sonado a las ocho de la mañana. Pasando en ruta tanto tiempo, se echa de menos por momentos un poco de relax, sobre todo teniendo en cuenta la falta de sueño de los últimos días y la caminata de ayer.


Salimos camino de Trondheim alrededor de las doce, un poco desesperados porque Antonio nos daba siete horas de viaje, sin contar las paradas de rigor, necesarias para no quedarse dormido al volante, estirar las piernas y cubrir las necesidades fisiológicas de rigor, como comida y bebida, entre otras. Para entender cómo se puede tardar semejante barbaridad en recorrer menos de cuatrocientos kilómetros he tenido que venir a Noruega, pero aún no acabo de asimilarlo del todo y miro de tanto en tanto por el rabillo del ojo, a ver si con el último acelerón he conseguido rebajar la hora prevista de llegada, al menos un par de minutos.


Cascada de Laksforsen







Aunque el día estaba templado desde que nos levantamos, la temperatura ha ido subiendo escandalosamente a medida que avanzábamos hacia el sur, de manera que de los nueve o diez grados de ayer hemos pasado a los veinticinco de hoy sin enterarnos. Creo que el cuerpo humano no está preparado para aguantar semejante contraste, al menos no el mío que, a pesar de que empezaba a necesitar desesperadamente algo de sol y calor, se ha resentido ligeramente durante el trayecto.



Este tipo de viajes tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Como todo, en realidad. 
La ventaja de parar donde y cuándo te apetezca, que es innegable, tiene una doble contrapartida: no siempre hay dónde arrimar el coche cuando ves la foto (sobre todo si la carretera no tiene arcén) e innumerables paradas (en mi caso casi siempre parada = foto) demoran hasta el infinito la hora de llegada. Recuerdo que hace ya bastantes años, cuando éramos apenas unos veinteañeros, si no tenía la cámara a mano, mi amigo Pablo solía decir "la foto queda aquí", señalando su cabeza. Estos días tengo la cabeza tan llena de fotos que está a punto de reventar, pero al menos esas no tendré que editarlas cuando regrese, lo que no deja de ser una ventaja importante.


Pano de cuatro (click para ver más grande)



Durante la última parada me he puesto en contacto con Torgeir, un noruego bastante majete a quien conozco del trabajo y que al saber de nuestro viaje insistió en que le llamase para que nos pueda enseñar la, según él, ciudad más bonita de Noruega. Además de un detalle de amabilidad por su parte, supone también una ventaja para nosotros ir con alguien que conozca el lugar, sobre todo cuando uno no dispone más que de unas pocas horas para recorrerlo.



Al llegar, nos hemos instalado en un camping a diez kilómetros de la ciudad, a la orilla del fiordo. La buena temperatura, en torno a dieciocho grados, nos ha animado a plantar la tienda, después de unos cuantos días sin sacarla. Aquí ya hay representación española, tres autocaravanas en nuestra zona de influencia. Desde los palentinos que encontramos en medio de la nada en Nordkapp no habíamos tenido contacto nacional, aunque no es que hoy lo hayamos tenido tampoco, pero uno se siente como más acompañado al ver paisanos alrededor.
Después de instalarnos nos hemos cambiado y adecentado un poco, que en estas circunstancias significa ponerse unos vaqueros limpios y cambiar las botas por unas zapatillas, y hemos ido al centro a dar una vuelta y a tomar algo. Aquí se ve algo de vidilla, que ya estoy echando de menos mis terrazas abarrotadas de la Miñoca y las cervecitas a media tarde, aunque las sigo echando de menos porque los sesenta euros al cambio que hemos pagado por dos hamburguesas y un par de pintas nos han dejado un poco trastornados.
En vista del éxito y pensando en madrugar mañana, volvemos al camping y, nada más meternos en la tienda, ha empezado a llover.
¡Qué bonito es el campismo, oiga!