sábado, 10 de julio de 2010

Long drive home

Después de lo que llevábamos en el cuerpo, el trayecto de Burgos a Vigo fue poco menos que un paseo militar, a carreiriña dun can, como diría mi padre, si bien he de reconocer que desde Verín se hizo especialmente duro hasta que, por fin, volvimos a encontrarnos en la Miñoca, delante del portal, en casa.

Supongo que a la mayoría de quienes tienen que soportar nuestras historias ahora y durante las próximas semanas, les seguirá pareciendo una barbaridad el plan, pero estoy segura de que nadie que no haya hecho algo parecido, que me consta que alguno hay, puede hacerse una idea siquiera cercana a lo que se llega a sentir durante y después de una experiencia semejante.
En cualquier caso, me comprometo a hacer lo que esté en mi mano para conseguir acercar un poco de todo ello a mi gente, a todos aquellos a los que en algún momento del viaje me hubiera gustado que estuvieran a mi lado.


No recuerdo si he mencionado Radio Norge en alguna ocasión, aunque supongo que sí porque ha sido una gran compañera de viaje en las interminables horas de coche por territorio noruego. De lo que no tengo duda en absoluto es de que tienen en sus almacenes toda la discografía del Boss, incluso es probable que algunas ediciones especiales, que sólo poseen unos pocos afortunados...



viernes, 9 de julio de 2010

Arabiya

Seguimos en ruta por Francia, con idea de llegar a dormir a Burgos -mil y pico kilómetros- y que la etapa de mañana sea un poco más ligera. A pesar de los conductores franceses, las obras y el inevitable atasco de casi una hora en Burdeos. 

A medida que avanzamos hacia el sur la proporción de coches ocupados por marroquíes y argelinos que se dirigen a tomar el ferry en Algeciras o Almería, para pasar las vacaciones en casa, aumenta vertiginosamente, hasta que al bajar del coche en el área de servicio de Vitoria tengo la impresión de haber llegado al Magreb, exactamente como lo conozco. Decenas de chiquillos corretean y juegan al balón, mientras los padres, tíos, primos y hermanos mayores tomar un refrigerio, aprovechando que el sol ha bajado y ya no aprieta el calor. Se empieza a estar mejor fuera del coche que dentro, con el aire acondicionado.


Hay una cosa que siempre he puesto cierto empeño en conservar, hablo de una la capacidad de asombro, casi infantil, ante cosas que en cualquier otro contexto podrían resultar absurdas, si no ridículas.
Después de casi un mes durmiendo cada noche en un lugar distinto, a menudo caro para las condiciones que ofrecía, compartiendo baños y duchas y pasando bastante frío en algunas ocasiones, la habitación y, sobre todo el precio, del hotel en Burgos me parecieron un auténtico lujo. Espacio amplio, tele en español, cama enorme y mullida, toallas limpias y una ducha que podía utilizar sin necesidad de chanclas.....

Salimos a tomar una cerveza antes de caer rendidos. Ha sido un día duro.

jueves, 8 de julio de 2010

Engullendo kilómetros

La jornada de hoy no ha tenido más interés que el haber recorrido algo más de novecientos kilómetros, para llegar a un lugar de Francia llamado Mâcon y pasar la noche en un hotel poligonero, de esos que abundan por el país y que resultan tan prácticos si llegas tarde, porque tienen esa maquinita en la puerta que hace las veces de recepción. Por un módico precio puedes disponer de una cama, una ducha y un desayuno más o menos decente por la mañana.

Es curioso cómo cambia la percepción de las cosas según uno vaya en una u otra dirección. Tenía desde hace tiempo en bastante poca consideración la forma de conducir de los franceses, pero hace unas cuantas semanas, al recorrer el país hacia el norte, no me pareció tan terrible. Sin embargo hoy, viniendo desde Alemania, donde son rápidos, incluso agresivos, pero precisos y extremadamente correctos, he vuelto a mi opinión inicial de que aquí no se conduce demasiado bien.


Con suerte, paciencia y si todo sale según lo previsto, mañana llegaremos a dormir a Burgos.

miércoles, 7 de julio de 2010

Fútbol, cerveza y bratwurst

Cinco minutos de agua caliente para ducharte en un camping de Noruega, 10 coronas (1,25 euros), café de gasolinera noruega, 20 coronas (2,5 euros), cerveza alemana con bratwurst, 3,50 euros, ver la semifinal del mundial en un bar con doscientos alemanes llenos de banderas y con la cara pintada en un pueblo llamado Salzgitter, que sabediós dónde está, y que gane España, no tiene precio.



Salimos de Noruega temprano por la mañana, en el ferry de las ocho. El recorrido por Dinamarca fue como un enorme respiro, después de dos semanas conduciendo por carreteras por las que no se puede pasar de noventa ni a propósito. Es más, estoy convencida de que los noruegos van a Dinamarca sólo para poder correr con el coche XD.


A partir de ahora, autopista, autovía y cientos de camiones por adelantar hasta que el sábado, si todo sale según lo previsto, estemos de vuelta en casa.

Por una parte he agradecido pasar el mundial lejos de terreno futbolero, pero parece que lo llevamos tan interiorizado que no he podido dejar de entrar en el Marca de vez en cuando, por curiosidad, para ver cómo iba la cosa. Casualmente, ha coincidido que España juega la semifinal el mismo día que nosotros estamos atravesando Alemania y eso, en un país como éste, donde están todos locos por el fútbol, era algo para vivir, así que cuando se acercaba la hora salimos de la autovía, buscamos un lugar donde pasar la noche y nos fuimos a un bar a ver el partido. Al principio estábamos un poco cohibidos, porque debía haber doscientas almas allí, entre el interior y la terraza, pero después de un par de bratwurst con mostaza y a medida que la cerveza fluía y los minutos pasaban, nos íbamos envalentonando y no pudimos evitar celebrar el gol, aunque con toda la prudencia y discreción de que fuimos capaces. En cuanto terminó el partido abandonamos el local lo más rápidamente que pudimos.
La final, en la Miñoca y con Estrella, aunque no me guste el fútbol.

martes, 6 de julio de 2010

Ha det Norge!

Querer abarcar tantas cosas en un solo viaje tiene el inconveniente de que algunas no están todo lo preparadas que debería, como nos ha ocurrido hoy. Salimos a media mañana del camping con la intención de subir al Preikestolen y disfrutar de unas espectaculares vistas de Lysefjord, pero enseguida nos dimos cuenta de que nuestro plan iba a terminar frustrado, al encontrar la señal que anunciaba el aparcamiento a seis kilómetros de allí y dos horas más de caminata hasta llegar al lugar en cuestión. No es que nos molestase el paseo, que en otras circunstancias podría haber sido incluso de agradecer (todos conocemos la diferente densidad de turismo y las especies que frecuentan los sitios a los que llegas a la puerta con el coche y aquellos que requieren un mínimo esfuerzo para acceder a ellos), pero pensando en las casi seis horas que nos separaban aún de Kristiansand y que mañana tendremos que madrugar bastante para coger el ferry, no parecía la mejor idea llegar a las tantas y agotados por la excursión. Y sí que debe estar apartada la dichosa piedra, porque ni siquiera fuimos capaces de verla desde la carretera. Resulta frustrante estar tan cerca y tener que decidir dejarlo para otra ocasión, si es que la hay, pero a veces no queda más remedio.....






Como premio de consolación, decidimos acercarnos a Lindesnes, el punto más meridional de Noruega, que nos quedaba más o menos de camino, desviándonos un poco. Después de haber estado en Nordkapp y ser éste el objetivo del viaje, parecía una buena opción como despedida.



A veces somos un poco complicados de más, y en lugar de disfrutar las cosas en el momento, lo hacemos después, cuando ya han pasado. Eso ha sido más o menos lo que me ha ocurrido hoy. Al llegar a Lindesnes, lejos de encontrar un lugar solitario, con un faro sobre las rocas, como imaginaba que habría, encontramos un gran aparcamiento, lleno por supuesto, un restaurante-café-tiendadesouvenirs y, como no, una taquilla. No sé si me afectó el tremendo viento que hacía o el cansancio de las horas de coche y la carretera interminable para llegar allí, o ambas cosas, pero en un primer momento un enorme cabreo se apoderó de mí y me negué a pagar de nuevo por acceder a unas rocas que estaban allí mucho antes que ellos, en el país donde bastantes lagos y la mayoría de los ríos son privados, incluso con distintos propietarios por tramos. Lo encuentro surrealista.
El caso es que al final entré por el aro, pagué las cincuenta coronas de rigor y allí estaba, al pie del faro, en el punto más meridional de Noruega, y tengo que admitir que mereció la pena.




Pano desde el faro.



No demasiados kilómetros y varias horas después llegamos a Kristiansand, nuestra última parada antes de emprender regreso. Mientras buscábamos un lugar para pasar la noche recorrimos la ciudad un par de veces, con la impresión de estar en un país diferente. Había un ambiente extraño, como si la ciudad entera fuese el puerto, y el camping donde fuimos a parar era, con diferencia, el peor de cuantos hemos encontrado a lo largo del viaje, y el más caro. El ambiente era curioso, empezando por el tipo de recepción, un noruego bronceado y con aspecto descuidado que en un español bastante rudimentario me contó que había vivido unos años en España, "all around". Estaba lleno de una mezcla de adolescentes desaforados por pasar unos días fuera de casa haciendo botellón y familias numerosas como tribus, con bebés y niños de corta edad. El sistema de acampada, igual de peculiar, consiste en que cada uno se busque la vida en la especie de colina arbolada que ocupa el recinto y, una vez encontrado un lugar del agrado del campista, éste ha de volver a recepción a registrarse y pagar.

Con poca confianza en descansar razonablemente bien, dada la inclinación del terreno y el vecindario, nos retiramos por hoy.



lunes, 5 de julio de 2010

Bergen

Como en anteriores ocasiones, la lluvia respetó nuestra mañana de paseo y pudimos recorrer el centro de Bergen, ver el mercado de pescado y charlar con los vendedores españoles, que eran unos cuantos y ofrecían ballena y salmón a los turistas, y arrasar un par de tiendas de discos donde, por un precio que incluso en España resultaría ridículo, me he comprado media montaña de cedés. Touille también ha dado buena cuenta de la oferta musical de las tiendas de la ciudad, aunque no ha conseguido encontrar el brañaencargo











Después de un kebab que nos dejó como si hubiésemos comido un jabalí, volvimos a lo que nos está ocupando la mayor parte del tiempo durante este viaje: recorrer kilómetros, en lo que será nuestra penúltima etapa por territorio noruego. Se trata de una etapa relajada, poco más de doscientos kilómetros hasta las cercanías del Preikestolen, con tres ferrys de por medio, que siempre lo hacen más llevadero. Los dos primeros forman parte del trazado de una carretera nacional, la E16 por la que circulamos hoy, y tienen sus correspondientes cabinas de peaje antes de las líneas numeradas para guardar cola por riguroso orden de llegada, todo muy organizado. Entre ellos, otro túnel, éste de peaje, que nos lleva a un par de cientos de metros bajo el mar, para volver a salir a la superficie ocho kilómetros después, como ocurría en Mageroya. Por supuesto, hubo más túneles, no sé si antes, después o entre medias, pero ya he perdido la cuenta...




El último de los ferrys es de los de pagar a bordo y hoy hemos comprobado nuevamente como cierta manera de hacer las cosas que tiene esta gente del norte no funcionaría jamás en un país mediterráneo. Hay una taquilla a bordo en la que compramos nuestro billete en cuanto fue posible, pero además dos revisores recorren el barco preguntando a cada pasajero y cobrándole, si es que no lo tiene. Cuando me preguntó y le respondí que sí, se dio media vuelta y estoy segura que ni se fijó en mi ademán de abrir la mochila para mostrárselo.


Stavanger










Hoy hemos recalado en el camping de un lugar llamado Solvik, con un emplazamiento envidiable, como en terrazas de césped que terminan sobre el mar. Ofrecen botes de remos a los huéspedes, muchos de los cuales están terminando una jornada de pesca de cuyo éxito da fe el olor a pescado a la brasa que invade todo el recinto. Ante eso, nuestras latas de conserva pierden parte del encanto de comerlas sentados en la hierba mirando un mar plagado de pequeñas islas, pero aún así los mejillones en escabeche saben mucho mejor que en casa.

Hay internet, pero de pago, así que mañana será otro día, el último en Noruega.


domingo, 4 de julio de 2010

Elizabeth

Hoy hemos conocido a Elizabeth.

Por la mañana cuando nos despertamos, un ruido de golpeteo más o menos continuo contra la lona de la tienda nos dio la impresión de que estaba lloviendo otra vez, aunque hacía bastante calor. Cuando por fin asomamos la cabeza fuera y vimos que un sol radiante lucía sobre el cielo azul, nos llevó apenas unos segundos darnos cuenta de que el golpeteo eran las moscas, mosquitos, tábanos y otros bichos voladores, cuando chocaban contra la tienda. Ni siquiera pudimos desayunar antes de recoger todo lo más rápidamente posible y huir del lugar, sin alce pero con unas cuantas picaduras como puños, incluso a través de la ropa.

Menos de cuatrocientos kilómetros nos separaban aún de Bergen, lo cual, traducido a horas, se aproxima a siete. Como aliciente para pasar todo el día conduciendo, el sol espléndido y los paisajes de árboles, lagos, casas con jardín en el tejado, espumeantes ríos y montañas todavía con nieve. Pasamos por unas cuantas estaciones de esquí y adelantamos a ciclistas y grupos de patinadores que practicaban sobre ruedas para el campo a través invernal.




 
En esta zona se concentran gran parte de las stavkyrje, esas iglesias medievales de madera, tan vistosas algunas de ellas. La primera que encontramos fue la de Høre, ni demasiado espectacular ni abierta para visitar el interior. 



Hicimos unas cuantas fotos, bastante malas todas, porque el sol caía a plomo a aquella hora, y continuamos camino hasta que nos tropezamos con una curiosa estampa: en Øye una iglesia contemporánea a la izquierda de la carretera y una stavkyrje a la derecha, pequeña y sobria. La familia que la estaba visitando estaba a punto de terminar así que no tuvimos que esperar demasiado para que llegara nuestro turno. Entonces conocimos a Elizabeth que, vestida acorde al escenario en el que se encontraba, intentó hablarnos en noruego y alemán, antes de resignarse a utilizar un inglés con el que, sin duda, se sentía mucho menos cómoda. Describió cada detalle de la iglesia como quien cuenta a sus nietos una historia que ha vivido en su juventud, con una intensidad que te trasladaba a cada momento de la historia y te hacía acompañarla en los saltos en el tiempo que daba durante sus explicaciones, todo ello acompañado por un embriagador olor a brea porque, como ella decía, estas construcciones son como barcos invertidos. Al final de la visita estuvimos un rato de charla con ella, que se mostró sorprendida por nuestra capacidad de comunicación en inglés, siendo españoles (sic!). Supimos también que es alemana del este, refugiada en Noruega en la posguerra y que, a sus ochenta y un años, estudia español (los libros sobre un banco en el que se sienta mientras espera la llegada de nuevos visitantes dan fe) porque su hija vive en Jerez de la Frontera y pasa allí una temporada cada año. Sin duda una mujer entrañable y admirable.




Encontramos una tercera stavkyrje más adelante, sin duda mucho más espectacular por fuera, pero seguro que sin tanta historia y, desde luego, sin Elizabeth, así que decidimos no entrar.




Mientras continuábamos avanzando, valorábamos la posibilidad de seguir el consejo de nuestro asiduo Franz, que hace unos días nos recomendaba no tomar el túnel de Laerdal para disfrutar a cambio de un recorrido por espectaculares paisajes. Sin embargo, a medida que nos aproximábamos a la zona, el tiempo iba empeorando, la lluvia hacía acto de presencia y los kilómetros se volvían cada vez más largos y la hora de llegada más lejana. La idea de conducir 25 kilómetros del tirón bajo la tierra me hacía más bien poca o ninguna gracia, pero empezábamos a estar un poco saturados así que nos metimos en el túnel más largo del mundo, por carretera. Veinte interminables minutos después salimos con la sensación de haber viajado al centro de la tierra y regresado. Con muy buen criterio, comercial pero sobre todo humano, justo a la salida del túnel hay una zona de servicios con gasolinera, cafetería y amplio aparcamiento, para recuperar el aliento después de semejante tortura, que aprovechamos para estirar las piernas y volver a acostumbrar los ojos a la luz del día. Por si no había sido suficiente, a éste le siguió otro pequeño túnel de 600 metros de longitud, y a éste otro de kilómetro y medio, y otro de cinco, otro de once..... A partir de ahí perdimos la cuenta. La lluvia arreciaba, por lo que podíamos apreciar entre salida y entrada de aquella interminable sucesión de galerías, a medida que nos acercábamos a Bergen, cuyo fiordo es muy bonito, por lo que me han contado, pero que a base de viajar a través de la barriga de las montañas, poco pudimos apreciar.
Unos quince kilómetros antes de llegar, había un camping esperando por nosotros. Con la que estaba cayendo, no podíamos pensar en plantar la tienda y tampoco tenían cabañas disponibles, así que hubo que conformarse con lo que ellos llaman motel-room, y que le da a uno la sensación de volver a la residencia de estudiantes, con sus literas, su escritorio y la ducha compartida con toda la planta. Al menos hay internet y es gratis.

sábado, 3 de julio de 2010

Real Norway

No podíamos imaginar, cuando nos encontramos con Torgeir por la mañana, que el día iba a dar de sí hasta tal punto. La idea era aprovechar dos o tres horas para recorrer la ciudad, comer en su casa y marcharnos alrededor de las dos o, como mucho, las tres de la tarde.
Paseamos el centro de Trondheim mientras nos explicaba cosas sobre los edificios y la historia del lugar, tomamos un helado y subimos hasta la fortaleza, desde donde se disfrutaba de una vista increíble. Por cierto, ¡¡también en Trondheim hay una rotonda dentro de un túnel!! XD







A continuación fuimos a la compra y descubrimos el despiste de un hombre acostumbrado a tener a su mujer siempre cerca. Ella, española, ha regresado hace poco a trabajar a España y se encuentran provisionalmente separados, yendo y viniendo cada uno al otro lado.
Hace algún tiempo que conozco a este noruego y hasta hoy podría decir que más o menos coincide con el estereotipo que conocemos de los nórdicos. Ahora, sin embargo, después de haber compartido con él uno de los días más interesantes del viaje, siento una profunda gratitud y aprecio, y sé hasta qué punto es capaz de mostrarse hospitalario y cálido. Nos abrió las puertas de su casa de par en par, después de comprar en el supermercado todo aquello que le dijimos que aún no habíamos probado, y podríamos habernos quedado a dormir, de no ser porque todavía nos falta un buen trecho para llegar a Bergen y porque, a pesar de todo, no tengo tanta confianza aún como para aceptar su ofrecimiento, de cuya sinceridad no dudo en absoluto. Charlamos con él sobre infinidad de temas, respondió con paciencia a todas nuestras preguntas e inquietudes y después de todo ello podemos decir que conocemos Noruega un poco más.

Cuando nos dimos cuenta, eran casi las ocho de la tarde, así que nos despedimos de Torgeir para aprovechar unas cuantas horas y hacer más ligero el trayecto del día siguiente. Viajamos durante cuatro horas hasta que decidimos empezar a buscar un lugar para pasar la noche, algo complicado, teniendo en cuenta que ya eran más de las doce. 



Decidimos instalarnos en el primer camping que encontrásemos, lo más silenciosamente posible, sabiendo que la recepción estaría cerrada, pero teniendo en cuenta dónde estamos, se podrá pagar y arreglar todo por la mañana. A diferencia otros lugares por los que hemos pasado antes, los tres o cuatro campings que encontramos a partir de entonces tenían un enorme portón cerrado en la entrada, por lo que no nos quedó más remedio que tirarnos al monte, a hacer acampada libre.
La noche no estaba demasiado fresca, así que plantamos la tienda entre unos árboles y cómodamente nos fuimos a descansar. A ver si mañana nos despierta un alce llamando a la puerta, que todavía no hemos visto ninguno.




viernes, 2 de julio de 2010

Arde el asfalto

Hoy nos hemos quedado dormidos o, más bien, no hemos hecho ni caso al despertador cuando ha sonado a las ocho de la mañana. Pasando en ruta tanto tiempo, se echa de menos por momentos un poco de relax, sobre todo teniendo en cuenta la falta de sueño de los últimos días y la caminata de ayer.


Salimos camino de Trondheim alrededor de las doce, un poco desesperados porque Antonio nos daba siete horas de viaje, sin contar las paradas de rigor, necesarias para no quedarse dormido al volante, estirar las piernas y cubrir las necesidades fisiológicas de rigor, como comida y bebida, entre otras. Para entender cómo se puede tardar semejante barbaridad en recorrer menos de cuatrocientos kilómetros he tenido que venir a Noruega, pero aún no acabo de asimilarlo del todo y miro de tanto en tanto por el rabillo del ojo, a ver si con el último acelerón he conseguido rebajar la hora prevista de llegada, al menos un par de minutos.


Cascada de Laksforsen







Aunque el día estaba templado desde que nos levantamos, la temperatura ha ido subiendo escandalosamente a medida que avanzábamos hacia el sur, de manera que de los nueve o diez grados de ayer hemos pasado a los veinticinco de hoy sin enterarnos. Creo que el cuerpo humano no está preparado para aguantar semejante contraste, al menos no el mío que, a pesar de que empezaba a necesitar desesperadamente algo de sol y calor, se ha resentido ligeramente durante el trayecto.



Este tipo de viajes tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Como todo, en realidad. 
La ventaja de parar donde y cuándo te apetezca, que es innegable, tiene una doble contrapartida: no siempre hay dónde arrimar el coche cuando ves la foto (sobre todo si la carretera no tiene arcén) e innumerables paradas (en mi caso casi siempre parada = foto) demoran hasta el infinito la hora de llegada. Recuerdo que hace ya bastantes años, cuando éramos apenas unos veinteañeros, si no tenía la cámara a mano, mi amigo Pablo solía decir "la foto queda aquí", señalando su cabeza. Estos días tengo la cabeza tan llena de fotos que está a punto de reventar, pero al menos esas no tendré que editarlas cuando regrese, lo que no deja de ser una ventaja importante.


Pano de cuatro (click para ver más grande)



Durante la última parada me he puesto en contacto con Torgeir, un noruego bastante majete a quien conozco del trabajo y que al saber de nuestro viaje insistió en que le llamase para que nos pueda enseñar la, según él, ciudad más bonita de Noruega. Además de un detalle de amabilidad por su parte, supone también una ventaja para nosotros ir con alguien que conozca el lugar, sobre todo cuando uno no dispone más que de unas pocas horas para recorrerlo.



Al llegar, nos hemos instalado en un camping a diez kilómetros de la ciudad, a la orilla del fiordo. La buena temperatura, en torno a dieciocho grados, nos ha animado a plantar la tienda, después de unos cuantos días sin sacarla. Aquí ya hay representación española, tres autocaravanas en nuestra zona de influencia. Desde los palentinos que encontramos en medio de la nada en Nordkapp no habíamos tenido contacto nacional, aunque no es que hoy lo hayamos tenido tampoco, pero uno se siente como más acompañado al ver paisanos alrededor.
Después de instalarnos nos hemos cambiado y adecentado un poco, que en estas circunstancias significa ponerse unos vaqueros limpios y cambiar las botas por unas zapatillas, y hemos ido al centro a dar una vuelta y a tomar algo. Aquí se ve algo de vidilla, que ya estoy echando de menos mis terrazas abarrotadas de la Miñoca y las cervecitas a media tarde, aunque las sigo echando de menos porque los sesenta euros al cambio que hemos pagado por dos hamburguesas y un par de pintas nos han dejado un poco trastornados.
En vista del éxito y pensando en madrugar mañana, volvemos al camping y, nada más meternos en la tienda, ha empezado a llover.
¡Qué bonito es el campismo, oiga!


miércoles, 30 de junio de 2010

Visit Lofoten

Tras pasar la noche en el coche, lo que se traduce en un descanso bastante precario, hemos decidido tomarnos el día con calma y disfrutar los ciento y pico kilómetros de recorrido hasta llegar a Å, la ciudad más meridional de las islas. Mañana tomaremos el ferry de las seis de la mañana y, de este modo, los planes no deberían verse demasiado alterados.

Lofoten es como un catálogo de vacaciones tipo "Enjoy Escandinavia", con escarpadas montañas en las que se alterna el verde con la roca viva, playas con aguas turquesa que invitan a zambullirse, de no ser por el frescor polar que domina el entorno, y decenas de rubios ciclistas recorriendo las carreteras, con sus mochilas al hombro, alforjas y hasta remolques porta-bebé, un invento que solamente he visto por aquí.











 La marmita del troll :-D






Esta va con dedicatoria a mi maestro de panos,
porque me he acordado de él mientras la hacía ;-)
(5 tomas, click para ver más grande)



A medida que avanzamos hacia el sur se va viendo más movimiento y ya cerca del final encontramos, por fin, algún puerto donde parece haber actividad pesquera. Nos lo dicen sobre todo el olor y también las cabezas de bacalao colgadas a secar en interminables pérgolas de madera, algo que no habíamos visto hasta ahora.







Reine
(9 tomas, click para ver en grande)

Paramos en Reine, que bulle de actividad, lleno de turistas y paseantes, y ofrece unas estampas increíbles prácticamente desde cualquier ángulo desde el que se mire, y enseguida llegamos a Moskenes, desde donde saldremos mañana. Hay un camping pero no tienen cabañas, y hoy necesitamos cama en condiciones y calor, así que continuamos un poco más, con la esperanza de encontrar un techo con calefacción y ducha donde poder alojarnos esta noche. La zona está llena de rorbu, casas de pescadores habilitadas como alojamiento turístico, pero sólo tienen un cartel con un número de teléfono y casi todas otro que pone optatt, que viene a significar "ocupada", y los hoteles que encontramos están completos, así que llegamos a Å, donde termina la carretera. Allí, con enormes letras sobre la fachada de una casa roja, como casi todas, se anunciaba la recepción de una empresa de alquiler de cabañas, así que nos lanzamos a comprobar si todavía estaba abierta. Al entrar, un chaval de alrededor de 20 años, completamente vestido de negro, el pelo teñido de oscuro, un par de piercings en el labio superior y un tatuaje asomando por debajo de la manga de la camiseta, nos atendió con tanto entusiasmo que nos apeteció un montón alquilar la cabaña que nos ofrecía, que por cierto, era la última disponible. Charlamos un rato con él e incluso nos ofreció la contraseña de su wifi para poder conectarnos a internet, aunque no fue necesario porque había un par de ellas abiertas flotando en el ambiente.
Una vez instalados, salimos a dar un paseo por el pueblo, que a partir de ahora formará parte de mi lista de rincones del mundo absolutamente deliciosos, con un ambiente desenfadado y muchísimo encanto. Si algún día puedo dedicarme sólo a escribir, pasaré en Å el mes de julio (porque el invierno tiene que ser insoportable aquí), en una de esas rorbu, viendo el sol durante las veinticuatro horas del día.














Después un rato sentados en el muelle tomando unas cervezas, nos retiramos para cenar y descansar, porque mañana va a ser duro el madrugón.


martes, 29 de junio de 2010

Whale experience

Antes de nada he de corregir un pequeño error que cometí ayer: no estamos en Lofoten, sino en Vesterålen, otro grupillo de islas justo a continuación, hacia el norte. La verdad es que no había reparado en ello antes, para mí todas formaban un único archipiélago, pero es lo que tiene viajar, que además de ver mundo, aprendes cosas.



Así estaba ayer la playa, sobre la una y media de la madrugada,
cuando me retiraba a dormir.
Pano de 8 tomas, click para ver más grande.

El día ha amanecido, o lo que sea que haga cuando no oscurece durante las veinticuatro horas, templado y soleado, y hemos podido disfrutar de un desayuno al aire libre en este estupendo camping a pie de playa.



Con la intención de apuntarnos al turno de las once, nos acercamos a la taquilla de Whalesafari, con la desagradable sorpresa de que los dos turnos siguientes estaban completos y sólo quedaban vacantes en el de las tres de la tarde. Esto nos desmontaba todos los planes del día, así que, tras un intenso debate, reorganizamos el plan porque, al fin y al cabo, pocas oportunidades más tendremos de salir a ver ballenas. Aprovechamos el tiempo muerto para ir al supermercado a por algunos suministros de primera necesidad, como pan y galletas, y comimos en la playa. Más tarde, perfectamente pertrechados para nuestro safari marino, recibimos la noticia de que la previsión meteorológica anunciaba vientos y estaban considerando la posibilidad de suspender la salida. Mientras tomaban una decisión al respecto, nos metieron en un almacén del puerto reconvertido a sala de proyecciones bastante curiosa, para proyectar un pase de fotografías de más de veinte minutos sobre la fauna local que, por supuesto, incluía a las ballenas en cuestión y que nos hizo dudar de nuevo sobre si debíamos o no pagar el considerable precio del billete. Finalmente anunciaron que sí habría salida y, tras veinte tediosos minutos de cola para comprar la entrada, nos pasaron a una sala donde los guías ofrecían pastillas para el mareo. A pesar de su negativa inicial, Touille decidió aceptar la oferta, teniendo en cuenta lo ocurrido hace solamente unos días, cuando salimos a ver aves en Magerøya.
Una jovencilla belga menuda y muy expresiva, encargada del grupo en inglés, nos explicó con todo lujo de detalles la fisiología, biología, comportamiento y curiosidades varias sobre los cachalotes y dio algunas referencias sobre otras especies que, esporádicamente, es posible avistar por la zona. Para ello utilizaba una ballena de peluche, que estrujaba y agitaba en el aire, y una serie de paneles y fotografías de lo que ellos llaman su museo (estoy empezando a pensar que aquí llaman museo a cualquier cosa...). Al concluir, casi con un doctorado sobre cetáceos, nos dirigimos al muelle para embarcar.



Durante la hora de navegación que nos separaba de la zona de avistamiento, a diez millas de la costa, nos ofrecieron bebidas calientes y galletas, imprescindibles para combatir el frío. La búsqueda llevó un buen rato y tuvimos que salir hasta quince millas para poder encontrar la primera. A través de los micrófonos submarinos con los que está equipado el barco, el patrón y los investigadores a bordo localizan a la ballena, guiándose por el sonido que emite para llegar hasta la zona donde se encuentra. Al cabo de un rato se deja ver en la superficie, para deleite de los espectadores, que la observan guardando un respetuoso silencio, como si cualquier tipo de ruido la pudiese espantar. Resulta sorprendente cuánto puede llegar a acercarse la embarcación mientras el animal flota plácidamente, lanzando chorros al aire una y otra vez, y muestra parte de su lomo, que por momentos se pierde entre el oleaje, hasta que lo arquea, preparando una nueva inmersión. Llega entonces el momento culminante en que la cola emerge acompañada por una ovación de la audiencia, para perderse definitivamente de nuevo en el mar. Casi una hora más tarde localizamos otro ejemplar, esta vez con un impresionante fondo de luz dorada filtrada entre las nubes sobre el horizonte, que provocó el entusiasmo de nuestra guía belga.






Pese a la brevedad del momento, apenas cinco minutos cada avistamiento, aunque permanecimos a bordo más de cinco horas, y al mareo de Touille que, con pastilla y todo, ya tiene claro que no podrá dedicarse a la pesca como actividad profesional, estoy segura de que habrá merecido la pena cuando hayamos conseguido quitarnos el frío del cuerpo.

Pasadas las once de la noche, con la replanificación hecha pedazos de nuevo por la demora y la duración de la excursión, cogimos carretera para poder al menos avanzar un poco y poder llegar a Bodo mañana a última hora, como estaba previsto.




Uno de los problemas de la falta de oscuridad nocturna cuando no estás adaptado a ello es que no eres consciente de que el resto del mundo lleva un ritmo y horario como si la hubiese, y aunque a la una de la mañana parezcan las tres de la tarde, las calles se encuentran desiertas y las recepciones de los campings y demás alojamientos cerradas. Ante este panorama y dado que aún no hemos logrado recuperar una temperatura corporal adecuada, la idea de plantar la tienda no resulta en absoluto apetecible, así que me temo que hoy dormiremos en el coche. Yo, al ser pequeña, no tengo mucho problema, pero a ver cómo gestionamos el metro noventa de Touille....