Hoy hemos conocido a Elizabeth.
Por la mañana cuando nos despertamos, un ruido de golpeteo más o menos continuo contra la lona de la tienda nos dio la impresión de que estaba lloviendo otra vez, aunque hacía bastante calor. Cuando por fin asomamos la cabeza fuera y vimos que un sol radiante lucía sobre el cielo azul, nos llevó apenas unos segundos darnos cuenta de que el golpeteo eran las moscas, mosquitos, tábanos y otros bichos voladores, cuando chocaban contra la tienda. Ni siquiera pudimos desayunar antes de recoger todo lo más rápidamente posible y huir del lugar, sin alce pero con unas cuantas picaduras como puños, incluso a través de la ropa.
Menos de cuatrocientos kilómetros nos separaban aún de Bergen, lo cual, traducido a horas, se aproxima a siete. Como aliciente para pasar todo el día conduciendo, el sol espléndido y los paisajes de árboles, lagos, casas con jardín en el tejado, espumeantes ríos y montañas todavía con nieve. Pasamos por unas cuantas estaciones de esquí y adelantamos a ciclistas y grupos de patinadores que practicaban sobre ruedas para el campo a través invernal.
En esta zona se concentran gran parte de las stavkyrje, esas iglesias medievales de madera, tan vistosas algunas de ellas. La primera que encontramos fue la de Høre, ni demasiado espectacular ni abierta para visitar el interior.
Hicimos unas cuantas fotos, bastante malas todas, porque el sol caía a plomo a aquella hora, y continuamos camino hasta que nos tropezamos con una curiosa estampa: en Øye una iglesia contemporánea a la izquierda de la carretera y una stavkyrje a la derecha, pequeña y sobria. La familia que la estaba visitando estaba a punto de terminar así que no tuvimos que esperar demasiado para que llegara nuestro turno. Entonces conocimos a Elizabeth que, vestida acorde al escenario en el que se encontraba, intentó hablarnos en noruego y alemán, antes de resignarse a utilizar un inglés con el que, sin duda, se sentía mucho menos cómoda. Describió cada detalle de la iglesia como quien cuenta a sus nietos una historia que ha vivido en su juventud, con una intensidad que te trasladaba a cada momento de la historia y te hacía acompañarla en los saltos en el tiempo que daba durante sus explicaciones, todo ello acompañado por un embriagador olor a brea porque, como ella decía, estas construcciones son como barcos invertidos. Al final de la visita estuvimos un rato de charla con ella, que se mostró sorprendida por nuestra capacidad de comunicación en inglés, siendo españoles (sic!). Supimos también que es alemana del este, refugiada en Noruega en la posguerra y que, a sus ochenta y un años, estudia español (los libros sobre un banco en el que se sienta mientras espera la llegada de nuevos visitantes dan fe) porque su hija vive en Jerez de la Frontera y pasa allí una temporada cada año. Sin duda una mujer entrañable y admirable.
Encontramos una tercera stavkyrje más adelante, sin duda mucho más espectacular por fuera, pero seguro que sin tanta historia y, desde luego, sin Elizabeth, así que decidimos no entrar.
Mientras continuábamos avanzando, valorábamos la posibilidad de seguir el consejo de nuestro asiduo Franz, que hace unos días nos recomendaba no tomar el túnel de Laerdal para disfrutar a cambio de un recorrido por espectaculares paisajes. Sin embargo, a medida que nos aproximábamos a la zona, el tiempo iba empeorando, la lluvia hacía acto de presencia y los kilómetros se volvían cada vez más largos y la hora de llegada más lejana. La idea de conducir 25 kilómetros del tirón bajo la tierra me hacía más bien poca o ninguna gracia, pero empezábamos a estar un poco saturados así que nos metimos en el túnel más largo del mundo, por carretera. Veinte interminables minutos después salimos con la sensación de haber viajado al centro de la tierra y regresado. Con muy buen criterio, comercial pero sobre todo humano, justo a la salida del túnel hay una zona de servicios con gasolinera, cafetería y amplio aparcamiento, para recuperar el aliento después de semejante tortura, que aprovechamos para estirar las piernas y volver a acostumbrar los ojos a la luz del día. Por si no había sido suficiente, a éste le siguió otro pequeño túnel de 600 metros de longitud, y a éste otro de kilómetro y medio, y otro de cinco, otro de once..... A partir de ahí perdimos la cuenta. La lluvia arreciaba, por lo que podíamos apreciar entre salida y entrada de aquella interminable sucesión de galerías, a medida que nos acercábamos a Bergen, cuyo fiordo es muy bonito, por lo que me han contado, pero que a base de viajar a través de la barriga de las montañas, poco pudimos apreciar.
Unos quince kilómetros antes de llegar, había un camping esperando por nosotros. Con la que estaba cayendo, no podíamos pensar en plantar la tienda y tampoco tenían cabañas disponibles, así que hubo que conformarse con lo que ellos llaman motel-room, y que le da a uno la sensación de volver a la residencia de estudiantes, con sus literas, su escritorio y la ducha compartida con toda la planta. Al menos hay internet y es gratis.






1 comentarios:
Bueno chicos, no passsa nada por haber ido por el túnel.
Habéis visto tantas cosas por allí que ya me habría gustado a mí.
Eso sí, la sensación de conducir en esos túneles tan largos (y oscuros) es un poco acojonante. En mi caso, llegaba a perder un poco el sentido de la orientación, me costaba trabajo prestar atención en una recta oscura e interminable. Creo que no habría podido recorrer vuestro túnel.
Un abrazo fuerte
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