Cinco minutos de agua caliente para ducharte en un camping de Noruega, 10 coronas (1,25 euros), café de gasolinera noruega, 20 coronas (2,5 euros), cerveza alemana con bratwurst, 3,50 euros, ver la semifinal del mundial en un bar con doscientos alemanes llenos de banderas y con la cara pintada en un pueblo llamado Salzgitter, que sabediós dónde está, y que gane España, no tiene precio.
Salimos de Noruega temprano por la mañana, en el ferry de las ocho. El recorrido por Dinamarca fue como un enorme respiro, después de dos semanas conduciendo por carreteras por las que no se puede pasar de noventa ni a propósito. Es más, estoy convencida de que los noruegos van a Dinamarca sólo para poder correr con el coche XD.
A partir de ahora, autopista, autovía y cientos de camiones por adelantar hasta que el sábado, si todo sale según lo previsto, estemos de vuelta en casa.
Por una parte he agradecido pasar el mundial lejos de terreno futbolero, pero parece que lo llevamos tan interiorizado que no he podido dejar de entrar en el Marca de vez en cuando, por curiosidad, para ver cómo iba la cosa. Casualmente, ha coincidido que España juega la semifinal el mismo día que nosotros estamos atravesando Alemania y eso, en un país como éste, donde están todos locos por el fútbol, era algo para vivir, así que cuando se acercaba la hora salimos de la autovía, buscamos un lugar donde pasar la noche y nos fuimos a un bar a ver el partido. Al principio estábamos un poco cohibidos, porque debía haber doscientas almas allí, entre el interior y la terraza, pero después de un par de bratwurst con mostaza y a medida que la cerveza fluía y los minutos pasaban, nos íbamos envalentonando y no pudimos evitar celebrar el gol, aunque con toda la prudencia y discreción de que fuimos capaces. En cuanto terminó el partido abandonamos el local lo más rápidamente que pudimos.
La final, en la Miñoca y con Estrella, aunque no me guste el fútbol.
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