Como en anteriores ocasiones, la lluvia respetó nuestra mañana de paseo y pudimos recorrer el centro de Bergen, ver el mercado de pescado y charlar con los vendedores españoles, que eran unos cuantos y ofrecían ballena y salmón a los turistas, y arrasar un par de tiendas de discos donde, por un precio que incluso en España resultaría ridículo, me he comprado media montaña de cedés. Touille también ha dado buena cuenta de la oferta musical de las tiendas de la ciudad, aunque no ha conseguido encontrar el brañaencargo.
Después de un kebab que nos dejó como si hubiésemos comido un jabalí, volvimos a lo que nos está ocupando la mayor parte del tiempo durante este viaje: recorrer kilómetros, en lo que será nuestra penúltima etapa por territorio noruego. Se trata de una etapa relajada, poco más de doscientos kilómetros hasta las cercanías del Preikestolen, con tres ferrys de por medio, que siempre lo hacen más llevadero. Los dos primeros forman parte del trazado de una carretera nacional, la E16 por la que circulamos hoy, y tienen sus correspondientes cabinas de peaje antes de las líneas numeradas para guardar cola por riguroso orden de llegada, todo muy organizado. Entre ellos, otro túnel, éste de peaje, que nos lleva a un par de cientos de metros bajo el mar, para volver a salir a la superficie ocho kilómetros después, como ocurría en Mageroya. Por supuesto, hubo más túneles, no sé si antes, después o entre medias, pero ya he perdido la cuenta...
El último de los ferrys es de los de pagar a bordo y hoy hemos comprobado nuevamente como cierta manera de hacer las cosas que tiene esta gente del norte no funcionaría jamás en un país mediterráneo. Hay una taquilla a bordo en la que compramos nuestro billete en cuanto fue posible, pero además dos revisores recorren el barco preguntando a cada pasajero y cobrándole, si es que no lo tiene. Cuando me preguntó y le respondí que sí, se dio media vuelta y estoy segura que ni se fijó en mi ademán de abrir la mochila para mostrárselo.
Stavanger
Hoy hemos recalado en el camping de un lugar llamado Solvik, con un emplazamiento envidiable, como en terrazas de césped que terminan sobre el mar. Ofrecen botes de remos a los huéspedes, muchos de los cuales están terminando una jornada de pesca de cuyo éxito da fe el olor a pescado a la brasa que invade todo el recinto. Ante eso, nuestras latas de conserva pierden parte del encanto de comerlas sentados en la hierba mirando un mar plagado de pequeñas islas, pero aún así los mejillones en escabeche saben mucho mejor que en casa.
Hay internet, pero de pago, así que mañana será otro día, el último en Noruega.










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