No podíamos imaginar, cuando nos encontramos con Torgeir por la mañana, que el día iba a dar de sí hasta tal punto. La idea era aprovechar dos o tres horas para recorrer la ciudad, comer en su casa y marcharnos alrededor de las dos o, como mucho, las tres de la tarde.
Paseamos el centro de Trondheim mientras nos explicaba cosas sobre los edificios y la historia del lugar, tomamos un helado y subimos hasta la fortaleza, desde donde se disfrutaba de una vista increíble. Por cierto, ¡¡también en Trondheim hay una rotonda dentro de un túnel!! XD
A continuación fuimos a la compra y descubrimos el despiste de un hombre acostumbrado a tener a su mujer siempre cerca. Ella, española, ha regresado hace poco a trabajar a España y se encuentran provisionalmente separados, yendo y viniendo cada uno al otro lado.
Hace algún tiempo que conozco a este noruego y hasta hoy podría decir que más o menos coincide con el estereotipo que conocemos de los nórdicos. Ahora, sin embargo, después de haber compartido con él uno de los días más interesantes del viaje, siento una profunda gratitud y aprecio, y sé hasta qué punto es capaz de mostrarse hospitalario y cálido. Nos abrió las puertas de su casa de par en par, después de comprar en el supermercado todo aquello que le dijimos que aún no habíamos probado, y podríamos habernos quedado a dormir, de no ser porque todavía nos falta un buen trecho para llegar a Bergen y porque, a pesar de todo, no tengo tanta confianza aún como para aceptar su ofrecimiento, de cuya sinceridad no dudo en absoluto. Charlamos con él sobre infinidad de temas, respondió con paciencia a todas nuestras preguntas e inquietudes y después de todo ello podemos decir que conocemos Noruega un poco más.
Cuando nos dimos cuenta, eran casi las ocho de la tarde, así que nos despedimos de Torgeir para aprovechar unas cuantas horas y hacer más ligero el trayecto del día siguiente. Viajamos durante cuatro horas hasta que decidimos empezar a buscar un lugar para pasar la noche, algo complicado, teniendo en cuenta que ya eran más de las doce.
Decidimos instalarnos en el primer camping que encontrásemos, lo más silenciosamente posible, sabiendo que la recepción estaría cerrada, pero teniendo en cuenta dónde estamos, se podrá pagar y arreglar todo por la mañana. A diferencia otros lugares por los que hemos pasado antes, los tres o cuatro campings que encontramos a partir de entonces tenían un enorme portón cerrado en la entrada, por lo que no nos quedó más remedio que tirarnos al monte, a hacer acampada libre.
La noche no estaba demasiado fresca, así que plantamos la tienda entre unos árboles y cómodamente nos fuimos a descansar. A ver si mañana nos despierta un alce llamando a la puerta, que todavía no hemos visto ninguno.





0 comentarios:
Publicar un comentario