martes 6 de julio de 2010

Ha det Norge!

Querer abarcar tantas cosas en un solo viaje tiene el inconveniente de que algunas no están todo lo preparadas que debería, como nos ha ocurrido hoy. Salimos a media mañana del camping con la intención de subir al Preikestolen y disfrutar de unas espectaculares vistas de Lysefjord, pero enseguida nos dimos cuenta de que nuestro plan iba a terminar frustrado, al encontrar la señal que anunciaba el aparcamiento a seis kilómetros de allí y dos horas más de caminata hasta llegar al lugar en cuestión. No es que nos molestase el paseo, que en otras circunstancias podría haber sido incluso de agradecer (todos conocemos la diferente densidad de turismo y las especies que frecuentan los sitios a los que llegas a la puerta con el coche y aquellos que requieren un mínimo esfuerzo para acceder a ellos), pero pensando en las casi seis horas que nos separaban aún de Kristiansand y que mañana tendremos que madrugar bastante para coger el ferry, no parecía la mejor idea llegar a las tantas y agotados por la excursión. Y sí que debe estar apartada la dichosa piedra, porque ni siquiera fuimos capaces de verla desde la carretera. Resulta frustrante estar tan cerca y tener que decidir dejarlo para otra ocasión, si es que la hay, pero a veces no queda más remedio.....






Como premio de consolación, decidimos acercarnos a Lindesnes, el punto más meridional de Noruega, que nos quedaba más o menos de camino, desviándonos un poco. Después de haber estado en Nordkapp y ser éste el objetivo del viaje, parecía una buena opción como despedida.



A veces somos un poco complicados de más, y en lugar de disfrutar las cosas en el momento, lo hacemos después, cuando ya han pasado. Eso ha sido más o menos lo que me ha ocurrido hoy. Al llegar a Lindesnes, lejos de encontrar un lugar solitario, con un faro sobre las rocas, como imaginaba que habría, encontramos un gran aparcamiento, lleno por supuesto, un restaurante-café-tiendadesouvenirs y, como no, una taquilla. No sé si me afectó el tremendo viento que hacía o el cansancio de las horas de coche y la carretera interminable para llegar allí, o ambas cosas, pero en un primer momento un enorme cabreo se apoderó de mí y me negué a pagar de nuevo por acceder a unas rocas que estaban allí mucho antes que ellos, en el país donde bastantes lagos y la mayoría de los ríos son privados, incluso con distintos propietarios por tramos. Lo encuentro surrealista.
El caso es que al final entré por el aro, pagué las cincuenta coronas de rigor y allí estaba, al pie del faro, en el punto más meridional de Noruega, y tengo que admitir que mereció la pena.




Pano desde el faro.



No demasiados kilómetros y varias horas después llegamos a Kristiansand, nuestra última parada antes de emprender regreso. Mientras buscábamos un lugar para pasar la noche recorrimos la ciudad un par de veces, con la impresión de estar en un país diferente. Había un ambiente extraño, como si la ciudad entera fuese el puerto, y el camping donde fuimos a parar era, con diferencia, el peor de cuantos hemos encontrado a lo largo del viaje, y el más caro. El ambiente era curioso, empezando por el tipo de recepción, un noruego bronceado y con aspecto descuidado que en un español bastante rudimentario me contó que había vivido unos años en España, "all around". Estaba lleno de una mezcla de adolescentes desaforados por pasar unos días fuera de casa haciendo botellón y familias numerosas como tribus, con bebés y niños de corta edad. El sistema de acampada, igual de peculiar, consiste en que cada uno se busque la vida en la especie de colina arbolada que ocupa el recinto y, una vez encontrado un lugar del agrado del campista, éste ha de volver a recepción a registrarse y pagar.

Con poca confianza en descansar razonablemente bien, dada la inclinación del terreno y el vecindario, nos retiramos por hoy.