Hoy nos hemos quedado dormidos o, más bien, no hemos hecho ni caso al despertador cuando ha sonado a las ocho de la mañana. Pasando en ruta tanto tiempo, se echa de menos por momentos un poco de relax, sobre todo teniendo en cuenta la falta de sueño de los últimos días y la caminata de ayer.
Salimos camino de Trondheim alrededor de las doce, un poco desesperados porque Antonio nos daba siete horas de viaje, sin contar las paradas de rigor, necesarias para no quedarse dormido al volante, estirar las piernas y cubrir las necesidades fisiológicas de rigor, como comida y bebida, entre otras. Para entender cómo se puede tardar semejante barbaridad en recorrer menos de cuatrocientos kilómetros he tenido que venir a Noruega, pero aún no acabo de asimilarlo del todo y miro de tanto en tanto por el rabillo del ojo, a ver si con el último acelerón he conseguido rebajar la hora prevista de llegada, al menos un par de minutos.
Cascada de Laksforsen
Aunque el día estaba templado desde que nos levantamos, la temperatura ha ido subiendo escandalosamente a medida que avanzábamos hacia el sur, de manera que de los nueve o diez grados de ayer hemos pasado a los veinticinco de hoy sin enterarnos. Creo que el cuerpo humano no está preparado para aguantar semejante contraste, al menos no el mío que, a pesar de que empezaba a necesitar desesperadamente algo de sol y calor, se ha resentido ligeramente durante el trayecto.
Este tipo de viajes tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Como todo, en realidad.
La ventaja de parar donde y cuándo te apetezca, que es innegable, tiene una doble contrapartida: no siempre hay dónde arrimar el coche cuando ves la foto (sobre todo si la carretera no tiene arcén) e innumerables paradas (en mi caso casi siempre parada = foto) demoran hasta el infinito la hora de llegada. Recuerdo que hace ya bastantes años, cuando éramos apenas unos veinteañeros, si no tenía la cámara a mano, mi amigo Pablo solía decir "la foto queda aquí", señalando su cabeza. Estos días tengo la cabeza tan llena de fotos que está a punto de reventar, pero al menos esas no tendré que editarlas cuando regrese, lo que no deja de ser una ventaja importante.
Durante la última parada me he puesto en contacto con Torgeir, un noruego bastante majete a quien conozco del trabajo y que al saber de nuestro viaje insistió en que le llamase para que nos pueda enseñar la, según él, ciudad más bonita de Noruega. Además de un detalle de amabilidad por su parte, supone también una ventaja para nosotros ir con alguien que conozca el lugar, sobre todo cuando uno no dispone más que de unas pocas horas para recorrerlo.
Al llegar, nos hemos instalado en un camping a diez kilómetros de la ciudad, a la orilla del fiordo. La buena temperatura, en torno a dieciocho grados, nos ha animado a plantar la tienda, después de unos cuantos días sin sacarla. Aquí ya hay representación española, tres autocaravanas en nuestra zona de influencia. Desde los palentinos que encontramos en medio de la nada en Nordkapp no habíamos tenido contacto nacional, aunque no es que hoy lo hayamos tenido tampoco, pero uno se siente como más acompañado al ver paisanos alrededor.
Después de instalarnos nos hemos cambiado y adecentado un poco, que en estas circunstancias significa ponerse unos vaqueros limpios y cambiar las botas por unas zapatillas, y hemos ido al centro a dar una vuelta y a tomar algo. Aquí se ve algo de vidilla, que ya estoy echando de menos mis terrazas abarrotadas de la Miñoca y las cervecitas a media tarde, aunque las sigo echando de menos porque los sesenta euros al cambio que hemos pagado por dos hamburguesas y un par de pintas nos han dejado un poco trastornados.
En vista del éxito y pensando en madrugar mañana, volvemos al camping y, nada más meternos en la tienda, ha empezado a llover.
¡Qué bonito es el campismo, oiga!
¡Qué bonito es el campismo, oiga!





0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada